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Metapoética en el Purgatorio de la Divina Comedia

 

En el Purgatorio encontramos, aunque sea de modo diseminado y disperso, bastantes apuntes y críticas sobre la labor creadora del poeta, o sobre su consideración en la sociedad que le tocó vivir.

 

I

 

         La Divina Comedia, la magna e inmortal obra de Dante Alighieri, orgullo de la bellísima lengua italiana, pero eterno desvelo para los estudiosos, sean eruditos o aficionados, constituye toda una experiencia como objeto de placer estético. Sin embargo, para la mayoría de sus lectores, sólo existe un territorio digno de ser leído y recordado: el Infierno.

         Hace ya mucho tiempo que este gusto mayoritario ha sido destacado de tal modo por dos de los más célebres admiradores de los versos del florentino: T. S. Eliot y Ángel Crespo, los cuales no dejaron de notar la preferencia de los lectores de toda época y lugar por las tenebrosas selvas y pozos que rodean a la ciudad de Dite, que conducen al helador páramo donde aletean las alas de Satanás en compañía de Judas, Bruto y Casio, en el círculo de los traidores. El hecho, singular e indudable, es que nos atrae más el Infierno de Dante que su peculiar visión del Purgatorio o del Paraíso. Como escribe Ángel Crespo, en su insigne traducción (1976) de la obra de Dante, "para muchos lectores mal aconsejados, la Comedia del Dante se agota en el Infierno".

         Todo ello puede ser explicado de mil formas distintas. Una de ellas es evidente: como el Infierno es la primera parte del tríptico dantiano, los lectores, cansados de vagar errantes por los círculos y sendas infernales, han satisfecho su curiosidad acerca de esta obra y no desean aventurarse más allá.

         Otro razonamiento nos indica que esta preferencia podría residir en que cada uno de nosotros somos seres dados a lo morboso, es decir, nos deleita engolfarnos en la contemplación de la desgracia ajena, máxime si esa desgracia es ficticia o está representada de forma burlesca y descarnada, como hace Dante en su descripción de los violentos suplicios a que son sometidos los condenados: pensemos, por citar un caso, en cómo vemos arder en llamas al autor del Trésor, a Brunetto Latini, acusado por Dante de ser sodomita. Lo que quizá muchos de los lectores no sepan es que el mismo Dante ironías de la enseñanza fue discípulo de Latini.

         Una tercera respuesta al gusto por el Infierno dantesco podría ser que a todos nos resulta mucho más atractivo leer los pecados, los crímenes y los castigos de los ciudadanos malvados de esa época y de tiempos anteriores, en lugar de las virtudes de los santos y las vírgenes.

         La última explicación que mencionaremos (aún podrían multiplicarse) estriba en el hecho de que siempre se ha comentado más los versos que narran esa parte de la Comedia que el resto. Es muy famoso, por ejemplo, el canto V, con la historia de Paolo y Francesca, los adúlteros condenados a  sufrir el rigor de una fiera tempestad que nunca cesa (‘la bufera... che mai non resta'), relato que ha dado pie a pinturas y otras obras de arte. De hecho, ya en época de Dante produjo más conmoción la lectura de los primeros cantos que lo que luego siguió. Se debe ello a los odios y luchas intestinas que carcomían a la República de Florencia, odios padecidos por Dante en forma de destierro, hecho que sin duda le volvió resentido contra muchos de sus anteriores amigos y conciudadanos, como se refleja en los versos de esta obra.

         Sea de ello lo que fuere, podríamos escribir un novedoso estudio acerca de algún aspecto un poco menos estudiado del Inferno de Dante, cosa harto difícil. Podríamos ofreceros un nuevo catálogo de datos que explicasen, desde la Psicoliteratura o desde la Hermenéutica literaria, las razones del odio de Dante hacia Florencia. Podríamos hacerlo, pero no lo vamos a hacer.

         El amable lector de estas líneas tal vez se sienta un tanto defraudado porque igual esperaba obtener nuevos vislumbres sobre la perversidad sin límites y la vengativa osadía del genio italiano en su insuperable poética, pero creemos que ya se ha escrito bastante sobre ese reino del mal.

         Hora es de adentrarnos en el reino del Purgatorio; de los tres, sin duda, el menos transitado de esta historia en tres actos, la parte menos favorecida por el gusto de los lectores. Crespo lo calificó como "el reino de la calma". Tal vez por eso, o tal vez no, merezca un poco de atención por nuestra parte, ya que es también el territorio más parecido al mundo que pisamos. El Purgatorio es el reino de las miserias cotidianas, de la serenidad, pero también de la tristeza: los pecadores se hallan en él no por ser malos, sino por no ser lo suficientemente buenos como para alcanzar la gloria y la contemplación de Dios. También es el reino de los ángeles, del arte, de la música y la poesía. Porque precisamente de la poesía en el Purgatorio trata este artículo: la manifestación poética del arte nuevo (el "dolce stil novo") de Dante a través de la propia poesía, algo que podríamos llamar ‘Metapoética en el Purgatorio'.

 

II

 

         Recordemos que Dante es guiado por Virgilio a través del Infierno para encontrar a la amada del poeta, Beatriz (Beatrice Portinari). Ésta se haya en el Paraíso y, hasta que Dante pueda subir a verla debe recorrer un largo camino en el que observa e incluso charla con los espíritus de los hombres y mujeres ilustres del pasado, muchos de ellos contemporáneos suyos recién fallecidos, cuyas malas o buenas acciones han determinado el lugar al que han sido destinados. Dante sigue a Virgilio hasta cierto punto del Purgatorio, en el que sólo podrá guiarle Catón de Útica (extraño caso, porque Catón el Censor se suicidó y, sin embargo, es considerado por Dante como justo merecedor de un lugar en el Purgatorio) y, más adelante, ya en el Paraíso, auxiliado por los santos, podrá ver cumplido su sueño de reencontrarse con Beatriz.

         Conviene, así mismo, recordar que el purgatorio, como lugar de paso o estadio intermedio entre infierno y cielo, fue ‘inventado' por la Iglesia entre el siglo XII y el XIII, como ha demostrado Jacques LeGoff en sus libros. Hubo de enseñarse a los fieles que Dios otorgaba una oportunidad para purgar los pecados veniales y, tras un tiempo de oración y purificación espiritual, poder acceder a la contemplación de Dios. Desde entonces, en la Iglesia cristiana de tradición latina existe la creencia en el purgatorio. Quién sabe cómo habría sido la Divina Comedia si Dante hubiera sido griego o la Iglesia Católica no hubiera introducido la figura del purgatorio.

         La poesía, como bien señaló Ángel Crespo en su momento, recorre las páginas de este cuadro central de la Comedia, e inunda de claridad y de luz los versos que leemos. Así, Dante recurre a tópicos propios de la retórica y de la imaginación poética ya desde el primer canto:

 

Per correr miglior acqua alza le vele
Omai la navicella del mio engegno... (vv. 1 y 2)
Para surcar mejores aguas, iza las velas
Ahora la navecilla de mi ingenio...

 

Ese "ingenio" poético ("industria" o "arte", escribirán autores renacentistas como Cervantes o Camoens) es el sustento sobre el que se basa la fabulación del poeta. La "nave", como metáfora del viaje en la creación poética, es tópico heredado de los autores clásicos y luego fue continuado por los medievales. Podemos leerlo incluso en Lope de Vega. La poesía en sí, tras el paso entre Infierno y Purgatorio, había cesado y Dante quiere resucitarla:

 

Ma qui la morta poesí resurga,
O sante Muse, poi que vostro sono;
E qui Calliopè alquanto surga. (vv. 7-9)
Resurja, pues, aquí la muerta poesía,
 ¡Oh santas Musas!, ya que vuestro soy,
  Y aquí Calíope salga a mi encuentro.

 

La invocación de Dante a las musas es una nueva muestra de un viejo tópico. Aquí supone la filiación del poeta con los autores paganos, los hijos de las musas, aunque él les otorga la condición de ‘santas'. Calíope era la esposa de Apolo, la musa de la Poesía y madre del músico tracio Orfeo, paradigma del creador y del artista. No es extraño, por tanto, que Dante se acoja a las musas, sobre todo a Calíope: su intención al describir el Purgatorio es componer un cuadro sobre la poesía usando los tópicos y formas del propio arte poético.

         En el canto II del Purgatorio aparece la historia del músico Casella, en los versos 106-114. Muy poco sabemos acerca de Casella: parece que debió poner música a una canción de Dante, citada en esos versos: "Amor che ne la mente me ragiona" (Amor que me habla desde el pensamiento). Muestra esa canción la teoría poética de Dante y de los ‘stilnovisti', la cual unía el arte de la poesía con el amor y el intelecto, el corazón y la razón.

         Guido Cavalcanti, otro poeta, coetáneo y maestro de Dante, posee versos donde se aprecia esa teoría, de origen platónico, en que la poesía es cauce entre el amor (lo espiritual o invisible) y el intelecto (la acción sensible). Cavalcanti y Dante pusieron voz a esa idea de que el amor entra por los sentidos en forma de ‘espíritu sutil'. Más abajo volveremos a hablar de Guido Cavalcanti y de su relación con nuestro autor.

         En el canto VI  asistimos al encuentro de Dante con el poeta y trovador Sordello, episodio famoso que ha dado pie a la creación de otros poemas, como los de los románticos ingleses. Sordello era de Mantua, como Virgilio, y en estos versos se lamenta por la desventura y los malos tiempos que atraviesa Italia: "Ahi serva Italia, di dolore ostello, / nave sanza nocchiere in gran tempesta..." (Ah, sierva Italia, albergue del dolor, / nave sin piloto en fuerte tempestad; vv. 76-77). Señalo este pasaje para destacar, de nuevo, la metáfora de la nave, pero esta vez es usada en clave política y no poética, aunque en el poeta florentino la una y la otra, inseparables, van unidas de la mano. Es curioso que no haga mención alguna a los poemas de Sordello y desaprovecha la ocasión de darle un tinte poético a esta figura, a favor de la invocación de justicia política. En realidad, es Dante quien, en boca de Sordillo, pone sus quejas acerca de la tumultuosa y caótica situación de Italia

 

III

 

         No quisiera agotar el tema, porque no es mi intención y, además, debo ser breve. Por el momento sólo te ofreceré, lector amigo, otros dos ejemplos de metapoética en el Purgatorio de Dante. Uno es tal vez, de toda la cantiga central de la Comedia, el más ajustado a la definición de metapoética; el otro, se refiere al ya citado Guido Cavalcanti.

         En el canto IX llega el poeta ante las murallas del Purgatorio: "Tu se'omai al Purgatorio giunto..." (Ya estás junto al Purgatorio, v. 49) y allí se le aparece Lucía, símbolo de la gracia, que acompaña al poeta hasta la entrada. En ese momento, mientras camina, parece reflexionar sobre su propio arte creador, porque nos dice:

 

Lettor, tu vedi ben com'io innalzo
La mia materia, e però con più arte
Non ti maravigliar s'io la rincalzo. (vv. 70-72)
Lector, bien ves cómo doy realce
A mi asunto; no te sorprenda, pues,
Si trato de sostenerlo con mejor arte.

 

Lo primero que nos debe llamar la atención de este excurso (lo es, dado que ni antes ni después de estas palabras no hay mención alguna a la poesía) es el vocativo, la llamada al ‘lector'. Eso nos indica que la obra estaba destinada a ser leída y no cantada o recitada, pero además supone la inclusión activa del lector en la obra, innovación que adelanta una técnica narrativa que será cultivada con acierto por los novelistas posteriores a Dante. Por ejemplo, el propio Cervantes es un maestro en la inserción de estas apelaciones al lector.

         Lo más significativo, en lo que a nuestro tema se refiere, es la crítica que el poeta hace de su obra: parece como si se parara a reflexionar y nos dijera: "hasta ahora lo he hecho bien, pero voy a superarme a mí mismo, voy a escribir todavía mejor, realzando mi tema con ayuda del arte de la poesía". No es casual que el autor manifieste una autocrítica de este tipo en el Purgatorio: el clima del lugar, entre sombras y luces, entre lamentos de pecadores y los ojos luminosos de los ángeles, es el propicio para la reflexión y declaración de tipo poético. Dante demuestra ser un poco soberbio, un poco orgulloso, pero estas palabras demuestran, sin ningún género de dudas, que era consciente de su genio. Pocos autores, sean clásicos o modernos, se han atrevido a hacer una declaración semejante. Esta crítica, de corte metapóetico, revela la osadía de Dante y lo encumbra en la cima de la creación literaria universal.

         Por último, detengámonos en el canto X. En él quedan reflejados los elogios del florentino hacia otros artistas y poetas de su época, como Giotto o Cimabue. Es aquí donde Dante se acuerda de su mentor, maestro y amigo, el poeta Guido Cavalcanti. Su recuerdo es muestra del cariño que le profesaba. Hace, además, un juego de palabras con el nombre de Guido y el de otro poeta, llamado Guido Guinizelli, más viejo. Leemos:

 

Così ha tolto l'uno a l'altro Guido
La gloria de la lengua; e forse è nato
Chi l'uno e l'altro caccerà del nido. (vv. 97-99)
 Así ha quitado un Guido al otro
 La gloria de la lengua; y acaso haya nacido
Quien arroje al uno y al otro de su nido.

 

De nuevo, resalta la soberbia, el orgullo literario de Dante: ese poeta que ‘tal vez haya nacido / quien arroje al uno y al otro de su nido' no es, ni más ni menos, que el propio Dante. Conocía la obra de Guinizelli y fue discípulo de Cavalcanti, por lo que se sentía superior a ambos. De hecho, como demuestra la Historia de la Literatura universal, está muy por encima de los dos. Pero hoy nos parece tan inmodesto en ese juicio, que a algunos lectores la figura de Dante les resulta antipática. El uso de la metáfora del ‘nido', aparte de la rima con Guido, se justifica porque asimila la poesía con el canto de las aves, y a los poetas con los pájaros.

         En lo que concierne a la metapoética, debemos fijarnos en cómo daban importancia a ocupar un lugar entre los elegidos de las musas, y en premio de sus esfuerzos artísticos, alcanzaban esa ‘gloria de la lengua'. No aportamos ninguna novedad si decimos que, en efecto, a Dante le cabe el haber forjado el italiano literario, basado en el dialecto toscano o florentino. Por eso, sin duda, es acertado situarle en la cima del idioma italiano, como auténtico modelador de su forma literaria. Dante es, pues, el acreedor de esa ‘gloria de la lengua', que los que le siguieron, autores de la talla de Francesco Petrarca o Giovanni Boccaccio, no hubieran dudado en concederle, aun cuando le consideraran todavía como un poeta de la "bárbara Edad Media".

         Podemos, pues, concluir que en el Purgatorio encontramos, aunque sea de modo diseminado y disperso, bastantes apuntes y críticas sobre la labor creadora del poeta, o sobre su consideración en la sociedad que le tocó vivir. Dante Alighieri compone su discurso con metáforas y tópicos de la poesía antigua y de los poetas del ‘estilo nuevo', como Guinizelli o Cavalcanti. Juzga su arte como nueva forma de expresión de viejos temas y, a pesar de su falta de humildad, se ve a sí mismo como el genio que es capaz de elevar al lector hasta cimas de placer estético nunca antes alcanzadas. Todo ello aparece en el Purgatorio, mundo bastante olvidado por la exégesis dantiana, pero que reclama un puesto de honor entre los estudios críticos y merece, sin duda, una mejor valoración por parte de los lectores.

         A ti, estimado lector, te cabe ahora la felicidad de leer por vez primera, o tal vez de releer, los tercetos encadenados que te llevarán de viaje con Dante por las angelicales, serenas y poéticas sendas del Purgatorio, en un periplo que supondrá para ti toda una experiencia de iniciación al placer de la lectura. 

Francisco Javier Capitán Gómez

¬ 09/06/2008