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El orfismo
Movimiento religioso y popular, a la vez iniciático y salvífico, tendente a suprimir la distancia vital que separa a los dioses de los hombres
El destino del alma más allá de la muerte constituía el fin de las iniciaciones eleusinas, conocidas como los Misterios de Eleusis, y también aflora en los cultos de los dioses Dioniso y Apolo. Durante los siglos VI y V, ambos a.C., se distinguió en la figura mítica de Orfeo, poeta y músico, un fundador de Misterios —creencia mistérica, culto mistérico o religiosidad mistérica, el sentido es el mismo— que, inspirado en las iniciaciones tradicionales, propuso una disciplina iniciática más adecuada ya que tenía en cuenta la transmigración y la inmortalidad del alma.
Desde sus comienzos la figura de Orfeo aparece conjugada por los signos de Apolo y Dioniso. El orfismo, como tal religiosidad mistérica, se desarrollará en la misma dirección de creencia en la vida de ultratumba y en la metempsicosis.
En el siglo VI a.C., el pensamiento religioso y filosófico estaba dominado por el problema de lo uno y lo múltiple. Los espíritus religiosos se preguntaban qué relación había entre cada individuo y la divinidad con la que se siente emparentado. A su vez, la cuestión filosófica formulaba una pregunta complementaria: ¿Qué relación hay entre la variedad múltiple del mundo en que vivimos y la sustancia única y original de la que todo deriva su origen?
Cierta unión entre lo divino y lo humano tenía lugar durante los orgia dionisiacos, así exteriorizada, aunque era temporal y caracterizada por una obnubilación de la conciencia. Los órficos —seguidores del orfismo— aceptaron la lección dionisiaca que expresaba la participación del hombre en lo divino, sacando de ella la siguiente conclusión: la inmortalidad y, en consecuencia, la divinidad del alma. El paso siguiente fue reemplazar la orgía, dionisiaca, por la catarsis, técnica de purificación enseñada por Apolo. Con lo que el orfismo se convirtió en un movimiento a la vez iniciático y popular (escrituras órficas, versos órficos; manuales, por así decir, referentes a las purificaciones y a la vida más allá de la muerte, atribuidos a Orfeo).
Una segunda característica relevante del orfismo es la variedad notable de sus partidarios o seguidores, llamados órficos. Junto a los autores de teogonías o los ascetas visionarios había también los que más tarde, en época clásica, denominaría el filósofo y científico griego Teofrasto orpheotelestai —iniciadores órficos, los maestros y custodios del ceremonial órfico. Dejando aparte, adscritos a la superchería, a esos vulgares taumaturgos purificadores y adivinos, incisivamente descritos por Platón como: "Sacrificadores mendicantes, adivinos que asedian las puertas de los ricos, que les persuaden de haber obtenido de los dioses, en virtud de sacrificios y encantamientos, el poder de perdonarles las injusticias que hayan podido cometer, ellos o sus antepasados. Para justificar los ritos aducen multitud de libros compuestos por Museo y Orfeo, hijo de la Luna y de las Musas. Sobre la base de tales autoridades persuaden no sólo a los particulares, sino también a los Estados de que existen, para vivos y muertos, absoluciones y purificaciones. Y estas iniciaciones, pues así las llaman, nos libran de los tormentos de los infiernos" (Rep., 364 b-365 a). Es un fenómeno muy conocido en la historia de las creencias humanas, cita el historiador de las creencias e ideas religiosas y estudioso de los mitos Mircea Eliade: "Todo movimiento ascético, gnóstico y soteriológico provoca innumerables pseudomorfosis e iniciaciones a menudo pueriles".
Aquello titulado "vida órfica" (Hesíodo, Leyes VI, 782c) implicaba purificación, ascesis y un número determinado de reglas específicas. Normativa, aprendizaje y disciplina. Porque a la salvación se llegaba básicamente en virtud de una iniciación, mediante unas revelaciones de orden cosmológico y teosófico. En la "doctrina órfica", analizada por autores como Esquilo, Empédocles, Píndaro, Platón y Aristófanes, se distinguen una teogonía que se prolonga en una cosmogonía y una antropología singular en extremo. La "escatología órfica", en contraste a la vez con la de Homero y la de Eleusis, tiene por fundamento esencial el mito antropogónico.
En la "teogonía órfica" se advierte un esfuerzo por convertir el dios cosmócrata (gobernador del universo) en creador del mundo que gobierna.
Toda mitología define un sistema de representaciones narrativas que, respecto a los dioses, el mundo y los hombres, juega un papel que es a la vez explicativo y normativo. En efecto, cualquier teogonía que se prolongue en una cosmogonía y en una antropogonía propone una explicación de la realidad que es, ante todo, de tipo genético. Así se pronuncian los profesores Jeannie Carlier y Luc Brisson. Una explicación de carácter normativo, puesto que sitúa a los seres que constituyen esta realidad en un lugar determinado y adscribe a cada uno de estos seres en un conjunto de relaciones referidas a los otros seres situados en el mismo o en distinto nivel.
El papiro de Deverni —descubierto en 1962 cerca de la ciudad de Deverni, en Tesalónica, fechado en el siglo IV a.C.; comentario a un texto órfico— ha revelado una nueva teogonía órfica, centrada en Zeus. Un verso atribuido a Orfeo proclama: "Zeus es el principio, el medio y la consumación de todas las cosas". Orfeo designó a Moira (una de las tres parcas, el destino) como pensamiento de Zeus. "Cuando dicen los hombres: ‘Moira ha tejido', entienden que el pensamiento de Zeus ha determinado lo que es y lo que será, y también lo que dejará de ser". El texto conservado en este papiro confirma la existencia, en época alta, de verdaderos conventículos órficos, e ilustra la tendencia monista, incluso monoteísta de una cierta teogonía órfica.
En la Antigüedad se consideró de carácter órfico el mito de los Titanes. Mito según el cual el hombre participa a la vez de la naturaleza titánica y de la divinidad, ya que las cenizas de los Titanes contenían también el cuerpo de Dioniso niño. Sin embargo, mediante las purificaciones, katharmoi, y los ritos iniciáticos, teletai, era posible, siguiendo al mismo tiempo la vía órfica, eliminar finalmente el elemento titánico para convertirse en un bakchos. Quiérese significar que a través de los ritos, la guía ritual, la iniciación, se llegaba a separar y a asumir la condición divina, dionisiaca.

Es posible reconstruir las líneas generales de la escatología órfica a partir de ciertas referencias de Platón (Fedón, 108 a y Gorgias, 524 a), Empédocles y Píndaro. Partiendo del siguiente postulado: Después de la muerte el alma se dirige hacia el hades. El camino "no es único ni sencillo; hay muchos rodeos y atajos". El justo puede tomar el camino de la derecha, mientras que los malvados son enviados hacia la izquierda. "Salud a ti que viajas por el camino de la derecha hacia las praderas sagradas y el bosque de Perséfone". "A la izquierda de la morada de Hades hallarás una fuente junto a la cual se alza un ciprés blanco; no te acerques a esa fuente. En su lugar hallarás otra: del lago de Memoria (Mnemosyne) brota agua fresca y los vigilantes montan guardia allí. Les dirás: ‘Hijo soy de la Tierra y del Cielo estrellado, ya lo sabéis; pero estoy abrasado de sed y muero. Dadme enseguida del agua fresca que brota del lago de la Memoria'. Y los mismos guardianes te darán a beber el agua sagrada, y después de esto reinarás entre los demás héroes" (Láminas de oro de Petelia y Eleutherna, Italia meridional y Creta, siglo V a.C.).
Según se suponía, las almas de los "órficos" no estaban sujetas a la reencarnación y de ahí que hubieran de evitar el agua del Leteo (río del Hades cuyas aguas, al beberlas, provocaban el olvido). "He saltado fuera del ciclo de las graves penas y los dolores, y me he lanzado con pie ligero hacia la corona deseada. Me he refugiado bajo el seno de la Dama, la reina de los infiernos". A lo que responde la diosa (Perséfone): "¡Oh afortunado, oh bienaventurado! Te has convertido en dios, cuando sólo eras hombre". El iniciado se dirige a los dioses infernales: "Vengo de una comunidad de puros, oh puro soberano de los infiernos, Euclés, Euboleo, y vosotros también, los demás dioses infernales. Pues me enorgullezco de pertenecer a vuestra raza bienaventurada. Pero el destino me ha abatido, y los otros dioses inmortales...". Otra lámina revela otra confesión del iniciado: "He padecido el castigo que merecían mis acciones injustas... Ahora comparezco suplicante ante la esplendorosa Perséfone, para que, en su benevolencia, me envíe ella a la morada de los santos". La diosa lo acoge benignamente: "Salud a ti, que has sufrido el dolor que jamás antes habías sufrido... salud, salud, salud a ti, toma el camino de la derecha hacia las praderas sagradas y el bosque de Perséfone".
El "ciclo de las graves penas" incluye cierto número de reencarnaciones. Después de la muerte el alma es juzgada, enviada temporalmente a un lugar de castigo o bienaventuranza y retorna a la tierra al cabo de mil años. Un mortal ordinario debe recorrer diez veces el ciclo antes de librarse de él. Los órficos describieron profusamente los tormentos de los culpables, los "males infinitos reservados a los condenados". Así: "Hundidos en un cenagal sentirán que se les aplica un suplicio proporcionado a su corrupción moral o se agotarán en vanos esfuerzos tratando de llenar un tonel agujereado".
El orfismo elabora y divulga una amplia y espectacular geografía infernal. El paisaje del itinerario que describen las láminas de Petelia —la fuente y el ciprés, el camino de la derecha—, así como la "sed del muerto", tienen paralelos en diversas mitologías y geografías funerarias. El árbol junto a una fuente o un manantial es una imagen ejemplar del "paraíso".
Vinculación mistérica entre dioses y mortales
La lira de Orfeo encantaba las rocas, las plantas, los pájaros, los peces e incluso a los temibles guerreros tracios. Las canciones de Orfeo —figura mítica asociada a Tracia y a una reforma del culto de Dionisos durante el siglo VI a.C.— exponen el origen del mundo, de los dioses y de los hombres. Detallan Mircea Eliade y el también investigador Ioan P. Couliano otros fragmentos misteriosos del mito que hablaban de su bajada a los Infiernos para recuperar a su esposa Eurídice, y de su final, despedazado por las Ménades tracias como víctima sacrificial dionisiaca, por haberse mostrado reacio a sus deseos.
A lo largo de la Historia han sido contemplados, tratados e interpretados los misterios esenciales aquellos temas anejos que tanto desvelo han causado, y causan, al ser humano. El Renacimiento italiano, por ejemplo, se caracteriza por lo que se ha llamado sin mayor reflexión "sincretismo platónico", es decir, la idea, ya defendida por San Agustín, de una "revelación primordial" de Dios a los primeros hombres que poblaron la Tierra; revelación cuyas huellas se descubren en todas las religiones antiguas y es interpretable en términos platónicos. Para el filósofo renacentista, florentino, Marsilio Ficino y para su émulo el humanista Giovanni Pico della Mirándola, ambos en el siglo XV, esto equivale a decir que Hermes Trismegisto, Zoroastro, Moisés y Orfeo eran depositarios con el mismo título de una sola y misma verdad oculta. Dicha verdad se expresa en la magia neoplatónica y árabe, así como en la cábala judía, descubierta por Pico della Mirandola.
El mito, su traslación social y la repercusión posterior
El orfismo, el orphikos bios, el género de vida órfico, es la plasmación inversa del mito de Dioniso; inversión también semántica que somete al culto dionisiaco antecesor a un cambio absoluto en el curso de su desarrollo. De hecho, el orfismo no se contenta con moderar los excesos del dionisismo sino que los transforma en excesos en sentido contrario: la abstinencia se convierte ahora en la norma, tanto si se trata del régimen alimenticio como de la vida sexual. El mito central del orfismo es fuertemente dualista: la raza humana ha sido creada de las cenizas de los Titanes fulminados por el rayo de Zeus por haber matado y comido a su hijo Dionisos. Los humanos deben expiar las consecuencias nefastas de este acontecimiento primordial. El fundamentalismo órfico, que debió desempeñar un papel de relativa importancia en la doctrina antisomática de Platón, opina Mircea Eliade, es la expresión de una visión de la vida que es lo opuesto de los estados incontrolados característicos del culto dionisiaco.
Los discípulos de Orfeo, los órficos, renuncian totalmente a los valores terrenales, quieren aproximarse a los dioses mediante su práctica alimentaria; nada que sea corruptible debe formar parte de su alimentación; nada en sus sacrificios mantiene la separación entre el hombre y los dioses. Nada de carne, ni del humo que resulta de la grasa y los huesos. El único sacrificio en el que se abate, se descuartiza y se cuece una víctima es el sacrificio de un dios. Las potencias maléficas primordiales, los Titanes antropófagos —que matan, descuartizan y engullen (salvo el corazón) en siniestra pitanza a Dioniso— son castigados por Zeus que los fulmina con su rayo. Sus cenizas se encuentran en el origen de los hombres actuales, hundidos en el sufrimiento de la condición humana —mezcladas con la tierra, las cenizas dan lugar al nacimiento de la especie humana—, separados de la unidad primordial de lo divino.

Es visible en el "crimen de los Titanes" un antiguo conjunto iniciático cuya significación original había caído en el olvido. Pues los Titanes se comportan como oficiantes de una iniciación, es decir, "matan" al novicio para que "renazca" a un modo superior de existencia (por ejemplo, confieren la divinidad y la inmortalidad al niño Dioniso). Pero en una religión que proclamara la supremacía absoluta de Zeus, los Tañes no podían desempeñar un cometido demoniaco, y fueron fulminados. Según ciertas variantes, los hombres fueron creados de sus cenizas. Este mito desempeñó un importante papel en el orfismo.
También en Delfos es posible adivinar el carácter iniciático de los ritos dionisiacos. Allí las mujeres celebraban el renacimiento del dios. Lo cierto es que la criba délfica "contenía un Dioniso desmembrado y a punto de renacer, un Zagreo", como indica Plutarco (De Iside, 35), y este Dioniso "que renacía como Zagreo era al mismo tiempo el Dioniso tebano, hijo de Zeus y Semele".
Diodoro de Sicilia parece referirse a los misterios dionisiacos cuando escribe que "Orfeo transmitió en las ceremonias de los Misterios el desmembramiento de Dioniso" (V, 75,4). En otro pasaje Orfeo es presentado como un reformador de los Misterios dionisiacos: "De ahí que las iniciaciones debidas a Dioniso son llamadas órficas" (III, 65,6). La tradición recogida por Diodoro es muy valiosa por confirmar la existencia de unos Misterios dionisiacos. Es posible, sin embargo, que ya en el siglo V a.C. estos Misterios hubieran asimilado algunos elementos "órficos". En efecto, por entonces se proclamó a Orfeo "profeta de Dioniso" y "fundador de todas las iniciaciones".
El ocultamiento y la epifanía de Dioniso, sus descensos a los infiernos (comparables a una muerte seguida de una resurrección) y sobre todo el culto de Dioniso niño, con los ritos que celebran su "despertar" (tema mítico-ritual) indican el anhelo, y también la esperanza, de una renovación espiritual. La figura del niño divino está cargada de un simbolismo iniciático en el que se manifiesta el misterio de un "renacer" de orden místico.
El planteamiento ritual de los órficos
La teogonía y el mito antropogónico de los discípulos de Orfeo otorgan una posición central a Dioniso. Desde el siglo VI a.C., la muerte de Dioniso a manos de los Titanes permite explicar la condición del hombre arrojado al mundo, y es origen del género de vida inventado por Orfeo para la salvación del alma individual.
El orfismo constituye una forma de protesta religiosa que rechaza un sistema político-religioso basado en la distancia que separa a los hombres y los dioses. La vía elegida pasa por el régimen alimenticio: Orfeo vuelve para enseñar a los hombres a abstenerse de asesinatos (phonoi), es decir, de matar todo lo que es animado y viviente; la abstinencia de carne es una regla imperativa que implica la ruptura con el mundo organizado de la ciudad, para el género de vida órfico. Es necesario abstenerse del crimen en los dos sentidos: el de no comer carne y de poner fin a los asesinatos de seres humanos. Es necesario, insiste el orfismo, rechazar cualquier práctica de sacrificio sangriento, ya que el ritual, lejos de permitir establecer unas relaciones con los dioses, reproduce bajo una forma apenas disimulada un crimen en el que la especie humana no dejará de participar en tanto no haya reconocido su filiación titánica y emprenda la tarea de purificar, mediante un nuevo género de vida, el elemento divino que está encerrado en ella, a causa de la voracidad de quienes en otro tiempo dieron muerte al joven Dioniso.

El renacimiento de Dioniso cierra el círculo de las generaciones divinas, del mismo modo que su muerte a manos de los Titanes abre para la especie humana el ciclo de los nacimientos y la generación, sintetizan los profesores Jean-Louis Durand y Marcel Detienne. Añaden que el orfismo influye en una parte del dionisismo al haber contribuido a favorecer su vocación de religión salvífica; y al mismo tiempo, la perspectiva órfica viene a llenar el vacío teológico del dionisismo, abundante en prácticas de iniciación más que en discursos teóricos.
También el dios Eros, su extendido mito, tiene cabida en el orfismo, ya que sistematiza y generaliza el aspecto-cualidad-función de Eros como principio de unión que asegura la generación de todos los seres. En el orfismo el dios Eros desempeña un papel primordial y universal, tanto en el plano de la teogonía como en el de la cosmogonía y la antropogonía. Eros es quien permite establecer relaciones no sólo entre los seres humanos sino también entre el cielo y la tierra, entre los dioses y los hombres. Eros genera y promueve la voluptuosidad (hêdonê), de donde surgirán el matrimonio, la procreación y la muerte. Orfeo lo denomina Fanes, porque cuando apareció el universo entero se iluminó con su resplandor, puesto que Fanes había sido conducido a la perfección en el seno del universo líquido a través del brillo del fuego, el más magnífico de los elementos; y esto no tiene nada de increíble, puesto que en las luciérnagas, por ejemplo, la naturaleza nos ha permitido ver una luz húmeda" (Homilías pseudoclementinas-Gnosticismo).
Los representantes del orfismo, izados junto a la divinidad y el misterio, se anuncian —o proclaman— hijos de las Musas y la Luna, según Platón, cuya función es la de practicar unas iniciaciones destinadas a liberar a los individuos y a las ciudades de sus faltas pasadas. Estas prácticas iniciáticas tienen como objetivo propiciar la fusión del iniciado, el elegido, con Dioniso.
Breve apunte sobre la peripecia de Orfeo y Eurídice
Orfeo, poeta y cantor de voz maravillosa, rey de Tracia e hijo de una Musa, seduce a todos cuantos le escuchan: humanos, animales, árboles y piedras caen hechizados bajo su canto, no importa su ferocidad, orgullo o resistencia. Cuando acompaña a los Argonautas en sus aventuras su voz apacigua las tormentas; más poderosa que las ataduras de Ulises, es la única voz que protege contra la arrebatadora llamada musical de las sirenas. Pero como existe la contrapartida y toda acción conlleva su reacción, su gran arma, la seducción, derrotará a Orfeo.
Cuando muere su joven esposa, la Dríada Eurídice —que fue mordida por una serpiente cuando trataba de escapar de la persecución de Aristeo, dios pastor de rebaños y apicultor—, Orfeo parte a los Infiernos a buscarla o rescatarle, deseoso de retomar su compañía, Con su canto hechicero acalla el aviso del can Cerbero y, al cabo, conmueve a las divinidades infernales que lo autorizan a llevarse a Eurídice con la condición de que no se vuelva para mirarla antes de haber alcanzado la luz del día. Pero Orfeo ignorará pronto la condición dándose la vuelta. Entonces, inmediato el castigo a la osadía, una noche inmensa envuelve a Eurídice que desaparece como un "humo inasible", perdida para siempre.

Orfeo ha fracasado. Le azota nuevamente el desconsuelo pero ya no hay oportunidad de enmendar el yerro. Transido de pena se retira a los helados y solitarios parajes de Tracia. Pretende alcanzar un equilibrio entre el ansia y la resignación, hasta que las mujeres de Tracia, sintiéndose menospreciadas por la desidia hacia sus personas demostrada por el atribulado Orfeo, en el transcurso de una orgía nocturna en honor de Baco, despedazan su cuerpo y dispersan sus miembros. "Mientras las olas del Hebro transportaban su cabeza, su voz continúa llamando a Eurídice: ‘¡Eurídice!', repetía a lo largo de todo el río el eco de sus riberas" (Virgilio, Geórgicas, IV).
Miguel Ángel Olmedo
¬ 28/01/2009