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Compendio de la Guerra de la Independencia
Guerra de la Independencia (1808-1814)
Los antecedentes
Aunque todavía conservaba gran parte de sus posesiones de Ultramar, la España de principios del siglo XIX no era sino una pálida sombra del gran Imperio de los Austrias, debilitada militarmente y empobrecida en lo económico, grandemente distanciada la clase dominante del pueblo llano, generalmente inculto. En el terreno político crecía la desconfianza, tendente al odio, hacia el primer ministro Manuel Godoy, que había ascendido rápidamente —gracias a su "amistad" con la reina, según las malas lenguas— y que actuaba como todopoderoso valido del rey Carlos IV. En contraposición, la gran mayoría del pueblo sentía una especial veneración por el príncipe heredero Fernando, que pugnaba desde hacía tiempo por arrebatarle la corona a su padre.
La debilidad de la monarquía borbónica la había llevado a una obligada alianza con la Francia napoleónica que, triunfante en los campos de Europa, sólo necesitaba ya la conquista de las Islas Británicas para completar sus designios imperialistas disfrazados bajos los ideales de la Revolución Francesa. La derrota en Trafalgar (1805) de la escuadra franco-española imposibilitó tal conquista, por lo que Napoleón intentó ahogar a su enemigo económicamente mediante el bloqueo continental de los puertos británicos.
Portugal, siempre aliado de los ingleses, hizo caso omiso del boicot. Ante ello, Napoleón se planteo doblegar a los portugueses, recabando el apoyo de Carlos IV, que siempre había soñado con la Unión Ibérica. Se firma así el Tratado de Fontainebleau (octubre de 1807) por el que España y Francia estipulan la invasión militar conjunta del país luso, que se dividiría en tres reinos: Lusitania septentrional, centro y Algarve (ésta última para Godoy con la categoría de Ducado), así como el reparto de las colonias portuguesas, permitiéndose para este fin el paso de tropas francesas por territorio español para llevar a cabo dicha invasión. Napoleón tuvo así vía libre para entrar en España, y, a principios de 1808, treinta mil soldados franceses al mando del mariscal Murat entraron inicialmente por las fronteras del norte. Al poco tiempo ya eran ciento veinte mil que ocuparon las principales ciudades y comenzaron a hacer desmanes sin que nadie lo impidiera.


En realidad, las verdaderas intenciones del emperador eran quedarse con toda la península Ibérica, destronando a Borbones y Braganzas para ceder ambas coronas a familiares suyos, tal y como había hecho en otros países europeos previamente invadidos y conquistados para así asegurarse su alianza y disponer de sus recursos. Fue Godoy el que acabó descubriendo, aunque tarde, lo que se proponía Napoleón.

Asustado, el valido traslada a la familia real a Aranjuez para, desde allí, preparar el desplazamiento a Sevilla y embarcar a América en caso de peligro. El viaje se ve interrumpido por el célebre motín de Aranjuez (17-18 de marzo de 1808), fruto de la ira popular contra las guerras y tratados con los franceses e instigado por los nobles y clérigos absolutistas que rodeaban al príncipe heredero, siempre conspirando en favor de sus propios intereses y contra su padre. El motín provocó la caída de Godoy y la abdicación de Carlos IV en favor de Fernando VII. Al llegar la noticia a Madrid se producen numerosos disturbios en los días posteriores en apoyo de Fernando VII, siendo asaltados numerosos inmuebles de personalidades afines a Godoy y al depuesto monarca. Éste pide ayuda a Napoleón.

El emperador aprovecha la situación y atrae con engaños a la ciudad francesa de Bayona a los enfrentados padre e hijo. Tras la reunión, Fernando se vería obligado a devolver la corona a su padre, y éste a su vez se la cede a Napoleón, que culmina el proceso nombrando rey de España a su hermano José Bonaparte, estipulado en las abdicaciones de Bayona.
Mientras tanto, en la España invadida, los ánimos están muy encendidos y el pueblo se prepara para la lucha. Los soldados franceses muestran cada vez una actitud más prepotente y se dedican a la rapiña, la intimidación y a las violaciones, siendo frecuentes los enfrentamientos con los paisanos en muchos lugares del país. La Junta de Gobierno que Fernando VII había dejado en Madrid permanece indecisa, pues tenía instrucciones de colaborar con los franceses; además muchos de sus miembros eran cobardes y otros, afrancesados. Se llega incluso a sofocar varias conspiraciones cívico-militares en defensa de Fernando VII y contra los Bonaparte.
Sólo faltaba la chispa que prendiera el fuego.
El Levantamiento
Es preciso batirnos, es preciso morir (Pedro Velarde).
El lunes Dos de Mayo de 1.808 amanece soleado en Madrid, después de una fina lluvia caída durante la noche anterior. A las ocho de la mañana, en la plaza de Oriente esperan en la puerta del Palacio Real varios carruajes dispuestos por los franceses para llevarse a los últimos infantes de la familia real a Francia. La multitud comienza a congregarse y ve aparentemente tranquila como sacan a la princesa de Etruria, hija del rey. Sin embargo, el otro coche hace deducir al gentío que está destinado al infante Francisco de Paula, entonces un niño. Un cerrajero llamado José Blas de Molina da el grito de ¡Qué nos lo llevan! y el gentío penetra en el palacio. El infante se asoma a un balcón aumentando el bullicio en la plaza.

Francisco de Goya y Lucientes: La lucha con los Mamelucos (o La carga de los Mamelucos)
En ese momento, aparece un batallón de granaderos de la Guardia Imperial con apoyo de artillería, que comienza a disparar contra el pueblo siguiendo las órdenes de Murat, que desde el palacio del marqués de Grimaldi, situado en una esquina de la misma plaza, ya ejercía el poder efectivo en contra de la débil junta de gobierno nombrada por Fernando VII, ese día presente en Bayona.

Se producen numerosos muertos, lo que enciende más aún la cólera popular, extendiéndose la lucha por todo Madrid. Durante varias horas, los franceses pierden el control sufriendo más de medio centenar de bajas entre muertos y heridos. Los paisanos sacan las escasas armas que poseen y las complementan con palos, cuchillos, tijeras y lo que se tercie. Desde las ventanas se arroja al enemigo macetas, aceite hirviendo y agua caliente. En los barrios se organizan partidas de vecinos al mando de comandantes improvisados que hostigan a los soldados de Murat. Es particularmente importante la resistencia en lugares como la Puerta de Toledo, donde las mujeres acuchillan a los caballos de los coraceros franceses para así derribar a los jinetes, y la Puerta del Sol, célebre por el cuadro de Goya que escenifica el combate de los madrileños contra los mamelucos, las temibles tropas egipcias de Napoleón.
Mientras tanto, las autoridades españolas impiden salir a combatir a las escasas tropas de guarnición, apenas unos dos mil hombres. No obstante, unas docenas de artilleros e infantes españoles del Parque de Artillería de Monteleón desobedecen las órdenes uniéndose al pueblo y entregándole armas. Entre estos héroes destacan los capitanes Luis Daoíz y Pedro Velarde, así como el teniente Jacinto Ruiz, entre otros. Tras sacar tres piezas de artillería del parque, combaten denodadamente y hacen grandes estragos en las filas enemigas, repeliendo la primera ofensiva que estaba al mando del general Lefranc, para caer finalmente ante los numerosos efectivos de refuerzo que envía Murat. Allí cayó también la heroína Clara del Rey, que defendió el Parque junto a su marido y sus hijos.

A las dos de la tarde, la rebelión ha sido sofocada, pero han sido necesarios más de veinte mil soldados franceses para someter a un pueblo casi desarmado y a unos pocos militares. La noticia de la masacre es trasmitida rápidamente y llega en las primeras horas de la tarde a los pueblos cercanos a Madrid, y en particular a uno: Móstoles.
El bando de Móstoles
A las pocas horas de producirse los sucesos de Madrid, la noticia ya había llegado a los pueblos vecinos y entre ellos a Móstoles (Hoy, con 200.000 habitantes, segunda ciudad de la Comunidad de Madrid, pero entonces un pueblecito de labriegos). Allí se encontraba el jurista Juan Pérez Villamil, que había salido unos días antes de la capital y se había instalado en esta localidad, donde tenía una casa, para marchar a América si fuera necesario.

En contra de la creencia general, no existía un solo alcalde en Móstoles sino dos, como era asimismo frecuente en muchos pueblos de España. Uno de ellos, Simón Hernández, representaba al pueblo llano, mientras que Andrés Torrejón lo hacía en nombre de nobles y notables. Los dos sin embargo eran pecheros (plebeyos) pues los nobles habían declinado en esta ocasión hacer nombramiento.
Pérez Villamil redactó el famoso bando que animaba a todos los españoles a seguir el ejemplo de Madrid y plantar cara al invasor. El escrito fue firmado por ambos alcaldes, aunque fuera Torrejón quien se llevara la gloria. Éste era un humilde labrador con escasos estudios, pero de gran nobleza y notable experiencia en las tareas municipales, que probablemente murió en 1811 a causa de la gran hambruna que la guerra trajo a muchas poblaciones.
Quiso la casualidad que se encontrara en el pueblo un postillón (miembro del servicio de postas que viajaba a caballo para cumplir su tarea) andaluz llamado Pedro Serrano. Él fue quien se encargó de llevar las copias del bando para distribuirlas en Andalucía y Extremadura. En cada pueblo que se detenía iba dejando copias, que se distribuían mediante el sistema de propios (recaderos) a los pueblos vecinos. De este modo, a última hora de la noche, ya había llegado a Talavera, distante unos 120 kilómetros de Madrid, y completándose la tarea en los días sucesivos.
Conocida la noticia en todo el sur de España contribuyó a su levantamiento y al de otras partes de la nación. Se distribuyeron dos textos: uno, muy breve, para ser colocado en todos los cruces de caminos que es el que ha pasado a la posteridad:
La Patria está en peligro.
Madrid perece víctima de la perfidia francesa.
Españoles, acudid a salvarla. Móstoles, 2 de Mayo de 1808.
El otro era el texto completo que se entregaba en cada pueblo a los alcaldes y que rezaba lo siguiente:
Señores Justicias de los pueblos a quienes se presentase este oficio, de mí el Alcalde de Móstoles:
Es notorio que los Franceses apostados en las cercanías de Madrid y dentro de la Corte, han tomado la defensa, sobre este pueblo capital y las tropas españolas; de manera que en Madrid está corriendo a esta hora mucha sangre; como Españoles es necesario que muramos por el Rey y por la Patria, armándonos contra unos pérfidos que so color de amistad y alianza nos quieren imponer un pesado yugo, después de haberse apoderado de la Augusta persona del Rey; procedamos pues, a tomar las activas providencias para escarmentar tanta perfidia, acudiendo al socorro de Madrid y demás pueblos y alentándonos, pues no hay fuerzas que prevalezcan contra quien es leal y valiente, como los Españoles lo son. Dios guarde a V.S. muchos años. Móstoles dos de Mayo de mil ochocientos y ocho. Andrés Torrejón. Simón Hernández.
De este modo, toda España comenzó a enterarse de lo sucedido y comenzó a sublevarse contra el invasor, si bien el bando no puede considerarse una declaración de guerra como tal, que es lo que ha llegado hasta nuestros días. De todas formas, patriotismo, valor y nobleza no les faltó a los participantes de este hecho.
La represión

Francisco de Goya y Lucientes: Los fusilamientos del 3 de mayo en La Moncloa
Los sucesos del Dos de Mayo costaron la vida a numerosos madrileños; unos autores hablan de cuatrocientos, otros de más de mil, incluyendo mujeres y niños. El número de soldados franceses muertos o heridos fue obviamente inferior dada la desigualdad del combate, entre cincuenta y un escaso centenar. Sin embargo, el mariscal Murat fue inflexible, tal como demuestra en su diario:
"El pueblo de Madrid se ha dejado arrastrar a la revuelta y al asesinato... Sangre francesa ha sido derramada. Sangre que demanda venganza".
Para ello se dictó un bando por el que se condenaba a muerte en el instante a todo aquel que hubiera participado en la sublevación o fuera encontrado con armas. Comienzan así los fusilamientos en la misma noche del día dos, extendiéndose la brutal represión hasta el día siguiente.
Las descargas de fusilería se producen ininterrumpidamente durante horas en varios lugares como en la actual plaza de España o en el Paseo del Prado. Sin embargo, es en la montaña del Príncipe Pío donde se producirán las horribles escenas que Goya inmortalizó en su célebre cuadro Los fusilamientos de la Moncloa (nombre que recibe esta zona del Oeste de Madrid y en la que se encuentra la montaña del Príncipe Pío).
Gran parte de los mil madrileños muertos fueron por la cruel venganza de Murat, que sofocó la rebelión a sangre y fuego. Tal es el caso de la heroína Manuela Malasaña (curiosamente nieta de un panadero francés llamado Malasagne, cuyo apellido se españolizó posteriormente). Según unas versiones murió ayudando a su padre y otros defensores del cuartel de Monteleón, pero la mayor parte de autores estima que fue apresada por una patrulla francesa y fusilada por hallársele encima sus tijeras de costurera, que fueron consideradas como arma. Tenía diecisiete años.
En la montaña del Príncipe Pío se fusiló a unas cuarenta y tres personas. Destaca el sacerdote Francisco Gallego Dávila, que aparece en el cuadro de Goya como una figura gris al lado del hombre de blanco que se encuentra con los brazos abiertos. Al contrario que el resto de los asesinados en la Moncloa —elegidos a sorteo entre los prisioneros— a Gallego le escogió el propio Murat, por haber sido apresado trabuco en mano, matando franceses. "Quién a hierro mata, a hierro debe morir", le dijo el mariscal. La historia da muchas vueltas y Murat fue fusilado a su vez años después en Italia tras ser depuesto como rey de Nápoles, cargo que obtuvo del emperador.
Del Dos de Mayo a El Bruc

El levantamiento y la represión en Madrid son las gotas que colman el vaso de la paciencia popular, muy colmada por el resentimiento contra la presencia militar francesa, que fue siempre rechazada, así como por la inacción de las autoridades y del ejército ante la situación.
Tres son los hechos que desencadenan la insurrección. A la transmisión del bando de Móstoles se unen el conocimiento de los sucesos del Dos de Mayo en el resto del territorio español, y la noticia sobre las renuncias de Bayona, en virtud de las cuales la corona española pasa a manos de José Bonaparte. Todo ello origina la pérdida de confianza en la administración borbónica —que seguía teniendo instrucciones de cooperar con los franceses— y la asunción de la representatividad y la voluntad popular por las autoridades locales y las Juntas provinciales, que proclaman su lealtad a Fernando VII, al cual se le creía secuestrado en Francia.
Las Juntas de Defensa Nacional I
Las Juntas de Defensa Nacional II
De este modo, la Junta del Principado de Asturias se proclama soberana y es la que declara formalmente la guerra a Francia el 24 de Mayo de 1808, enviando asimismo una embajada a Inglaterra para sellar alianzas y pedir su ayuda. A la sublevación se irán sumando sucesivamente el resto de las Juntas (Cantabria el día 27, Galicia el 30, León el 1 de junio, etc.).
En Valencia, el 23 de Mayo se produce el grito de El Palleter (vendedor de paja) Vicente Doménech, que exhorta a la multitud al grito de: "Un pobre palleter li declara guerra a Napoleó. !Vixca Fernando sèptim y muiguen els traïdors!", mientras enarbola un estandarte hecho con un trozo de su faja y en el que había puesto una imagen de la Virgen de los Desamparados y un retrato del rey. A los dos días se constituye la Junta de Valencia que se subleva asimismo contra el invasor.
A la ciudad llegan también las tropas de Ingenieros de Alcalá de Henares que fueron las primeras en desobedecer las órdenes del poder central y que habían abandonado Madrid para incorporarse a la lucha en otros frentes, siendo recibidos con gran entusiasmo.
Comienzan las primeras acciones bélicas, fruto de los levantamientos en todo el país. Una de las primeras se produce en Valdepeñas, donde los paisanos inflingieron grandes daños a las tropas francesas que se dirigían a Andalucía e impidieron su llegada a la posterior batalla de Bailén, aunque los invasores arrasaron e incendiaron finalmente el pueblo tras varios intentos de controlar a los furiosos habitantes. Aquella fue una de las primeras veces en que el invasor advirtió del enemigo que tenia enfrente.
El Bruc
En 1808 los catalanes se batieron heroicamente por la independencia de España. Al producirse el levantamiento en Cataluña sólo se disponía de unas escasas tropas del ejército regular español, pero, a cambio, desde su comienzo tuvo el gran apoyo popular de los somatenes (som atents, es decir "estamos atentos"), grupos de vecinos armados de cada pueblo o localidad que actuaban para la autodefensa contra bandoleros o alarmas, y cuya institución secular estuvo vigente hasta 1978.
Hubo en realidad dos batallas del Bruch (o El Bruc), una el 6 de Junio y otra el 14. En la primera, una columna al mando del general francés Schwartz había salido de la Barcelona invadida con la misión inicial de llegar a Tortosa, para allí estar en disposición de acudir a sofocar la sublevación de Valencia si su presencia era necesaria. Sin embargo el general Duhesme cambió de parecer y dio a Schwartz la orden de castigar a la ciudad de Manresa por su levantamiento y desacato al Emperador.
Los españoles sospecharon del cambio de dirección de las tropas imperiales y se produjo el toque a somatén en Igualada, Manresa y otras localidades. Parece ser que incluso los franceses oyeron el toque de las cornetas y las campanas que llamaban a somatén, pero al desconocer su significado, prosiguieron la marcha sin alertarse.

Al llegar a las gargantas del Bruc, los somatenes, que habían cortado el camino y se encontraban pertrechados en el bosque cercano, comenzaron a disparar. Schwartz mandó un batallón a desalojarlos de su posición y consiguió perseguirlos hasta Casa-Masana, donde se encontraron con todos los somatenes de la comarca, así como tropas regulares del ejército español (destacamentos de Wimpfen y de Guardias Valonas). El batallón se retiró en desorden hacia el Bruch, donde se encontraba el resto de sus fuerzas, que almorzaban despreocupados. El caos cundió entre los franceses.
En ese momento se produce la célebre escena del tambor del Bruc. El somatén del pueblo de Sampedor llevaba un tambor llamado Isidro Jussá, un mozo de 14 años que comenzó a tocar con frenesí de tal modo que el eco de las montañas hizo creer a los franceses que eran muchos más, interpretando que se acercaban tropas regulares al combate, y propiciándose de este modo su retirada definitiva. En realidad, no se sabe si la leyenda es cierta, o fue el sonido de todas las campanas de los pueblos vecinos tocando a rebato lo que atemorizó a los imperiales. En el lugar hay un monumento y una inscripción, que dice:
Viajero, para aquí, que el francés también paró, el que por todo pasó no pudo pasar de aquí.
El 14 de Junio hubo una segunda batalla en el Bruc. El general Duhesme envió una división entera a la zona, pero volvió a encontrarse con el coraje y arrojo de los somatenes y de los guardias valones y suizos, siendo nuevamente derrotado.
Las acciones del Bruc fueron el estímulo para que toda Cataluña se levantara en armas contra el Emperador.
Bailén
José Casado del Alisal: La capitulación de Bailén
La batalla de Bailén

A la victoria contribuyó enormemente la ayuda que los habitantes de Bailén proporcionaron, sobre todo suministrando agua a los soldados y a las piezas de artillería, que tuvieron un gran papel por su eficacia y destreza en la contienda. Precisamente en el escudo de la ciudad figura un cántaro agujereado que simboliza a María Bellido, cuyo cántaro fue perforado por una bala francesa mientras daba de beber a los soldados españoles. Es también importante destacar el valor de los caballistas andaluces que, armados con garrochas (varas de madera con un hierro en la punta que se usan para picar los toros y para conducir el ganado) hicieron grandes estragos entre los franceses.
Unos veinte mil franceses fueron hechos prisioneros. La rendición fue retratada años después por Casado del Alisal en el cuadro de estilo velazqueño que arriba puede verse, y que se conserva en el Museo del Prado. Dupont y los oficiales fueron liberados y trasladados a Francia, pero los soldados fueron deportados a la desierta isla de Cabrera, en las Baleares, y no fueron liberados hasta el final de la guerra.
Zaragoza, Muy Noble, Muy Leal, Heroica e Inmortal

La Virgen del Pilar dice
que no quiere ser francesa
que quiere ser capitana
de la tropa aragonesa.
Las estrofas de la célebre jota resumen el ánimo presente en los defensores de Zaragoza, cuyo sitio constituye uno de los hitos principales de la Guerra de Independencia por el valor y arrojo de sus defensores que se enfrentaron sin tregua al enemigo hasta el fin, siendo motivo de inspiración de literatos y poetas, y ejemplo de heroísmo para todos los españoles.
La sublevación triunfó rápidamente en Zaragoza, plaza estratégica de vital importancia para los franceses por ser el centro de las comunicaciones entre Madrid, Cataluña y la misma Francia; de ahí que prontamente se enviara un ejército al mando del general Moncey para sofocar la rebelión.
Al frente de la ciudad se hallaba el general José de Palafox, que tan sólo disponía de unos 5.000 hombre entre tropas regulares y voluntarios civiles a los que posteriormente se unirían la práctica totalidad de los habitantes de la ciudad.
El 15 de junio los defensores rechazaron el primer asalto de las tropas imperiales en las puertas del Carmen, el Portillo y Santa Engracia, al que siguieron numerosos combates e intenso bombardeo de artillería sobre la plaza. Diez días después, llegan nuevos refuerzos para los franceses, al mando del general Verdier. No obstante, los defensores resisten, si bien algunos barrios son tomados por el enemigo.

El 2 de julio se produce otro ataque sobre las puertas de Sancho y del Portillo. En esta última se produce el heroico episodio protagonizado por Agustina Saragossa y Doménech —más conocida como Agustina de Aragón— que dispara un cañón cuyos servidores habían caído, produciendo destrozos en las filas francesas y elevando la moral de los sitiados, que consiguen conservar la puerta.
Los sitiadores construyen un puente por el otro lado de la ciudad y consiguen tomar la mayor parte del Arrabal, barrio separado del resto de la ciudad por el río, destruyendo a la vez otros puentes dominados por los zaragozanos, que ven así cortado el paso de los escasos suministros que les llegaban. No lograron, sin embargo, cerrar el cerco, y la ciudad pudo seguir recibiendo ayuda por el río, aunque más escasa.
Así continuó la lucha, con continuos bombardeos y combates cuerpo a cuerpo pero Zaragoza resistió. El enemigo sufre cuantiosas pérdidas e incluso el general Verdier fue herido, teniendo que ser sustituido por Lefévbre. Llegan entonces noticias de la victoria de Bailén, lo cual eleva la moral de los defensores y contiene al enemigo, que desde ese momento se limita a bombardear.
Los españoles entonces lanzan un contraataque sobre el Arrabal y logran romper el cerco en la noche entre el 13 y el 14 de Agosto. Los franceses abandonan definitivamente la ciudad, dejando gran número de piezas de artillería y unas 4000 bajas. La ciudad quedó arrasada en gran parte y los defensores sufrieron unas 2.000 bajas.
La victoria se había conseguido, pero la entrada en España de Napoleón y su ejército hizo que las tropas imperiales volvieran a insistir en la toma de Zaragoza, considerada ya un símbolo de la resistencia española. De este modo, el 21 de Diciembre, el mariscal Lannes al frente de 35.000 soldados y 2.000 jinetes comienza el ataque que inicia el segundo sitio. Los defensores habían conseguido reunir unos 30.000 hombres.
Los combates son espantosos y los bombardeos continuos. Se lucha casa por casa, de tal manera que el enemigo se ve obligado a ir volando de uno en uno los edificios para así acabar con los defensores. El mariscal Lannes llega a escribir:
"¡Qué guerra! ¡Qué hombres! Un sitio en cada calle; una mina bajo cada casa. ¡Verse obligado a matar a tantos hombres, o mejor, a tantos furiosos! Aquella guerra es horrible: se lo he escrito al emperador; la victoria da pena..."
Los barrios de la periferia van cayendo poco a poco. Todavía pueden observarse en la Puerta del Carmen (hoy situada prácticamente en el centro de la ciudad) los agujeros de los impactos franceses. El centro de la ciudad es saqueado en gran parte y la basílica del Pilar es bombardeada. Aun así, los defensores continuaron resistiendo; Lannes envía un mensaje a Palafox con las palabras "Paz y Capitulación", pero aquel, ya enfermo de tifus —pronto tuvo que ser sustituido—, responde "Guerra y cuchillo". Sin embargo, los defensores, ya exhaustos y vencidos por el hambre y las epidemias poco pueden hacer, decidiendo la Junta de Defensa de la ciudad rendir la plaza el 21 de Febrero de 1809.

Zaragoza quedó prácticamente destruida y sólo sobrevivieron unos 12.000 habitantes. Pero en los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós hay una frase para la posteridad que resume perfectamente el espíritu de la heroica hazaña, que perdurará a través de los siglos:
Y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.
Gerona
El primer sitio comenzó ya en Junio de 1808, tras la sublevación de Gerona contra el poder napoleónico. Una división al mando del general Duhesme salió de Barcelona con el objeto de rendir la plaza, fortificada en esta época con murallas y baluartes aunque su conservación era bastante deficiente.
Las escasas fuerzas militares de la guarnición y los voluntarios civiles consiguieron rechazar los ataques desde las murallas —siendo especialmente duro el producido el 20 de Junio— de modo que las tropas imperiales se retiraron para intentar posteriormente un nuevo asalto, siendo hostigadas en su marcha por paisanos y somatenes de la zona, que les produjeron cuantiosas pérdidas. Desde ese momento, los gerundenses atribuyen la victoria a la protección de San Narciso, patrón de la ciudad, al cual se encomendarían con fervor hasta el final.
Vuelven al mes siguiente a presentarse los franceses con numerosas tropas y artillería, bombardeándose duramente la ciudad durante treinta días. Sin embargo, la llegada de refuerzos a la plaza en auxilio de los defensores inclina la balanza a su favor. Los refuerzos (somatenes y algunos destacamentos militares de Guardias Españolas y Valonas) atacan a los sitiadores desde fuera, mientras que a su vez, los defensores salen de la ciudad y lanzan una ofensiva simultánea, propiciando nuevamente la derrota de Duhesme, que vuelve a retirarse con dificultades.

En los meses posteriores, nuevos ejército franceses entran por la frontera para afianzar la presencia militar en la zona. Entre tanto, el general D. Mariano Álvarez de Castro es nombrado gobernador de Gerona y, previendo un duro asedio, hace acopio de municiones y víveres. Asimismo, publica un bando con estas escuetas palabras:
Será pasado por las armas el que profiera la voz de capitular o de rendirse.
A principios de mayo de 1809, el general Saint-Cyr, al frente de 18.000 hombres, se presenta ante los muros de Gerona, que sólo dispone de unos 5.600 soldados. Es enviado un parlamentario para conminar a la rendición, al cual Álvarez responde:
No queriendo tratos con los enemigos de su patria, recibiría a cañonazos a cuantos parlamentarios le enviasen.
Siete meses dura el sitio. En agosto, los franceses toman el castillo de Montjuich, la principal defensa de la ciudad, después de haber muerto las dos terceras partes de sus defensores. El 19 de Septiembre se produce un fortísimo ataque que es rechazado nuevamente por los defensores. Es entonces cuando el enemigo cambia de estrategia y prefiere concentrarse en bombardear y en rendir la ciudad por hambre. La ciudad es prácticamente destruida, y los defensores sufren numerosas bajas a causa de los bombardeos, las enfermedades y el hambre, pero los gerundenses resisten con gran heroísmo.
Al igual que le sucediera a Palafox en Zaragoza, Álvarez de Castro no desea rendirse, pero cae también enfermo y entrega el mando a D. Julián de Bolíbar, que ya defendió la ciudad en las dos primeras ocasiones como gobernador interino. El 10 de diciembre la plaza capitula ante el mariscal Augereau, después de perder a 10.000 defensores, entre soldados y civiles.
Álvarez de Castro fue hecho prisionero y murió a los pocos meses de forma no esclarecida, aunque la sombra de la tortura planea sobre el asunto. Conducido primero a Francia, es devuelto a una celda del castillo de Figueras donde fallece el 22 de enero de 1810. Algunos autores sostienen que fue envenenado por los franceses, otros afirman que fue estrangulado, e incluso existe la teoría de que sus carceleros le torturaran impidiéndole dormir o negándole los alimentos. En cualquier caso, un comportamiento vengativo, oprobioso y deleznable, poco compatible con la generosidad que deben tener los vencedores.
En 1924, Alfonso XII ordenó erigir un monolito en el castillo donde el héroe murió. En su base reza una inscripción con la siguiente leyenda:
Al general Álvarez de Castro, defensor de Gerona, muerto en este castillo. Pasajero: ¡descúbrete y piensa en la Patria!
El rey José y su equipaje
José Bonaparte había llegado a Madrid el 20 de julio de 1808 en medio del rechazo del pueblo, por no hablar del odio más manifiesto. Sólo un reducido grupo de españoles le apoyarán: los llamados afrancesados, considerados colaboracionistas y traidores por la inmensa mayoría del pueblo. En contra de la creencia popular los afrancesados no eran sólo ilustrados que veían en la presencia francesa una forma de modernizar la caduca España de principios del XIX; también había absolutistas de lo más reaccionario, convencidos de que el omnímodo poder del Emperador favorecería sus intereses.
La picaresca popular pronto le endosa el sobrenombre de Pepe Botella, como si de un borracho se tratara, aunque parece ser que el rey intruso no bebía. No obstante, el rechazo se traducirá en constantes burlas hacia su persona, dibujos caricaturescos y letrillas infamantes como aquella muy conocida entonces que decía así:
Ya se fue para las Ventas
el rey Pepino
con un par de botellas
para el camino.
Aunque llega a España con buenos propósitos e ideas, pronto se da cuenta de lo exiguo de sus partidarios, e incluso de la razón que asiste al pueblo español, siendo frecuentes las misivas a su hermano haciéndole saber lo equivocado de su posición. Véase un ejemplo:

"Tengo por enemiga a una nación de doce millones de habitantes, bravos y exasperados hasta el extremo... Todo lo que se hizo aquí el 2 de mayo, es odioso...; No se ha tenido ninguna consideración para este pueblo... No, señor: Estáis en un error, vuestra gloria se hundirá en España...".
José Bonaparte emprendió una serie de reformas liberales e ilustradas y promulgó una nueva constitución —el Estatuto de Bayona, redactado por notables afrancesados— que establecía un régimen reformista moderado, con soberanía real y Cortes estamentales y que recogía algunos derechos individuales y libertades económicas, pero la guerra y el rechazo que despertaba entre los españoles hicieron que sus medidas llegaran a implantarse escasamente. Se empeñó en tareas urbanísticas para modificar el aspecto de la capital abriendo numerosas plazas en Madrid, siendo la más conocida la plaza de Oriente, delante de Palacio (esto le ganó asimismo el mote de el rey plazuelas). También fue suya la idea de fundar el Museo del Prado, aunque esta medida no se llevó a cabo hasta tiempos de Fernando VII.
A los pocos días de su desdichado reinado se produce la derrota de Bailén y tiene que huir de la capital para resguardarse en Miranda de Ebro con su corte, no pudiendo regresar hasta que Napoleón entra en España con su ejército y reconquista Madrid para los imperiales. Salió definitivamente de nuestro país en 1813, tras la batalla de los Arapiles y otras derrotas imperiales, que le condujeron de nuevo a Francia.
Tras la caída de Napoleón se exilió a Estados Unidos, donde vivió opulentamente con una amante americana, gracias a la venta de las joyas de la corona española que se había llevado en un "descuido" de nuestro país junto con numerosas obras de arte, un latrocinio monumental que los franceses perpetraron y que fue menor de lo inicial, ya que después de la batalla de Vitoria dejaron abandonados gran número de carruajes que contenían parte de los tesoros expoliados; Pérez Galdós se refirió a este asunto en uno de sus Episodios Nacionales titulado El equipaje del rey José.
Napoleón en Chamartín

La derrota de Bailén, así como el fracaso del Sitio de Zaragoza y otras victorias españolas en los campos de batalla, fuerzan la salida de José Bonaparte a los pocos días de su llegada a Madrid. Las Juntas Provinciales acuerdan entonces constituir una Junta Suprema Central en Aranjuez, al frente de la cual se nombra al conde de Floridablanca, y que tendrá carácter soberano hasta la vuelta de Fernando VII.

Viendo que los asuntos no pintan bien en España, Napoleón decide personalmente tomar cartas en el asunto y el 8 de noviembre de 1808 atraviesa la frontera al mando de la Grand Armeé, un formidable ejército constituido por 250.000 de sus mejores soldados, la mayoría veteranos de las campañas europeas. En menos de un mes derrota a las fuerzas españolas en Espinosa de los Monteros, Burgos y Tudela, y toma el camino de Madrid, avanzando rápidamente hacia la capital de España.
El día 20 de noviembre, las fuerzas imperiales avistan el puerto de Somosierra, a cien kilómetros escasos de Madrid. Las defensas españolas se baten heroicamente pero son sobrepasadas y destruidas por la caballería polaca del emperador. Una vez atravesadas las montañas, nada puede detenerles en su avance. El día 2 de diciembre, Napoleón entra en Chamartín de la Rosa, instalándose en el palacio de los Duques de Pastrana-Infantado. En dos días cae la capital, que no cuenta con apenas guarnición. La Junta Suprema se había trasladado previamente a Badajoz, desde donde seguirá dirigiendo las acciones bélicas y el gobierno de la España no ocupada.

El 20 de diciembre entran en Madrid con gran pompa y boato el Emperador y su hermano José. Una vez instalado éste de nuevo en el Palacio Real, sale rápidamente Napoleón de la capital y se vuelve a Chamartín de donde ya no saldrá nada más que para volver a Francia (según la leyenda, sólo volvió una vez para visitar el Palacio Real de incógnito a primeras horas de mañana). Se cuenta que daba amplios paseos por los pinares de la finca y descansaba al pie de un viejo pino, el pino de Napoleón, donde cavilaba sus estrategias.
Desde este lugar, Napoleón dirigirá los asuntos de sus campañas y participará asimismo en el gobierno de España, dictando decretos como si del propio rey se tratara. Allí permaneció hasta principios de enero en que tiene que desplazarse hacia la zona de Astorga para combatir a las tropas españolas, que ya contaban con la ayuda de los ingleses. En plena campaña, recibe noticias sobre la situación en Austria y el 17 de enero de 1809 abandona España para volver a Francia con parte de su ejército. Ya no volvió nunca más. (Uno de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós recrea la estancia española del emperador Napoleón en Chamartín).

Los ingleses en la Guerra

Puede afirmarse casi sin temor a errar que la Guerra de la Independencia ha sido prácticamente la única ocasión en que los ingleses han estado a nuestro lado en un conflicto bélico. Lógicamente no les movía un súbito movimiento de simpatía hacia España, tradicional enemigo de la Gran Bretaña, sino sus propios intereses militares que, por una vez, coincidían con los nuestros debido a la presencia de un enemigo común. De hecho, los británicos llaman a esta contienda la Guerra Peninsular (Peninsular War), lo cual viene también a corroborar que no sólo ayudaban a España sino también a sus seculares aliados portugueses.
Aun así, es justo reconocer que Inglaterra contribuyó en buena parte a la victoria, si bien tampoco es cierto —como atribuyen algunos— que la derrota napoleónica en España no hubiera sido posible sin el concurso y ayuda de los ejércitos ingleses. El declive del imperio francés, empeñado en campañas militares en toda Europa y sometido a un continuo desgaste de hombres y material, se habría producido de todos modos.
Las tropas británicas entran en España desde Portugal en octubre de 1808. Un ejército al mando del general John Moore intenta llegar a Madrid, pero es frenado por Napoleón y tiene que replegarse hacia Galicia. Tras la dura batalla de La Coruña (enero de 1809), los ingleses consiguen reembarcar, aunque Moore muere en la contienda, cerca de Elviña. Su tumba se halla en un monumento-mausoleo que se encuentra en el bello jardín de san Carlos de esta ciudad gallega y que puede verse al lado de estas líneas.

Al año siguiente, sir Arthur Wellesley, futuro duque de Wellington, asume el mando de los ejércitos británicos en Portugal. El que luego vencerá a Napoleón en Waterloo realiza también en España una victoriosa campaña con batallas decisivas como las de Los Arapiles y Vitoria, y que concluye en 1814 con la salida de los franceses de nuestro país.
Su fama en estas batallas trascendió dentro y fuera de España, y llegó a ser considerado un héroe en España, aunque el duque no trasluciera idéntico sentir por sus admiradores. Despreciaba a España en general, llegando incluso a escribir que "no tenía noticia de que los españoles hubieran hecho nunca nada, y mucho menos, de que lo hubiesen hecho bien"; también desdeñaba a los liberales de las Cortes de Cádiz —era más bien partidario del antiguo régimen— y a los guerrilleros, cuya labor y allanamiento del terreno propició muchas de sus victorias. Poco más que comentar de este personaje, salvo para confirmar lo dicho sobre la conveniencia inglesa de ayudar a España, aunque sí conviene traer a colación una anécdota sobre el Duque y Goya.
Wellington deseaba ser retratado por el genial aragonés, cosa que consiguió tras su triunfal entrada en Madrid al final de la guerra. Goya accedió de mala gana, como buen afrancesado, pero no tenía otro remedio. Parece ser que durante las pruebas, el inglés empezó a protestar por no agradarle los perfiles que se estaban tomando de él. Ante tal actitud, Francisco de Goya y Lucientes agarró una espada que había en el cuarto evidenciando quién mandaba en el lugar. Con todo, el retrato se terminó.
Los guerrilleros

Una de las características que hacen distinta a la Guerra de Independencia española de otros conflictos desde el punto de vista táctico es la acción de las guerrillas. Puede afirmarse que nos encontramos en 1808 con la primera guerra de guerrillas de la historia, siendo evidente que la continua acción de desgaste y sabotaje a la que se unen el conocimiento del terreno y las acciones por sorpresa realizadas por las partidas guerrilleras fue decisiva en la victoria final y sirvió como modelo en posteriores contiendas alrededor del mundo.
El ejército imperial se encuentra de este modo con un enemigo que no esperaba encontrar y aunque en principio lo subestima, pronto se da cuenta de su importancia, aunque trata de minimizarlo considerando a los guerrilleros como simples maleantes, tal y como puede observarse en este decreto del general francés Soult:
"No hay ningún ejército español fuera del de S.M. católica Don José Bonaparte. Así que todas las partidas que existan en las provincias, cualquiera que sea su número y cualesquiera que sean sus comandantes, serán tratadas como reuniones de bandidos y los individuos de ellas cogidos con las armas en la mano, serán fusilados y sus cadáveres expuestos en los caminos públicos".
Entre los guerrilleros había ricos pobres, curas y laicos, liberales y absolutistas, pero todos tenían el objetivo primordial de expulsar a los franceses de la Patria y se organizaban en grupos o partidas al mando de un líder que solía ser el más eficaz en el terreno de la astucia o de la bravura. Entre los más conocidos se citan el cura Merino en Burgos, Julián Sánchez "El Charro", en Salamanca, el médico Juan Palarea en tierras manchegas o Francisco Miláns del Bosch en Cataluña.
Sin embargo, la gloria mayor se la llevan dos personajes: el navarro Francisco Espoz y Mina (en la imagen de la izquierda, abajo) y Juan Martín Díaz, el Empecinado (a la derecha). Espoz y Mina llegó a tener un ejército de más de 3.000 hombres, derrotando numerosas veces a los franceses e incluso llegó a tomar varias plazas, otorgándosele por sus méritos el título de General.

Quizás el más famoso de todos los hombres de guerrilla es El Empecinado, natural de Castrillo de Duero (Valladolid), hombre de gran fortaleza física y de asimismo gran nobleza de corazón. Sus numerosas hazañas le llevaron a ser nombrado Mariscal de Campo.
¡Viva la Pepa!

El sitio de Cádiz comienza ya en 1810 por las fuerzas del general Soult. Frente a ellas, los habitantes de la ciudad y tropas españolas llegadas de Extremadura, a las que se unen soldados ingleses y portugueses enviados desde Gibraltar. El asedio es implacable, pero la plaza no se rinde, aunque la Junta Central se ve incluso forzada a trasladarse a la isla de León —porción de tierra que incluye la ciudad de san Fernando y el istmo y la propia ciudad de Cádiz— que se halla separada del continente por un brazo de mar llamado el caño de Sancti Petri.

Es precisamente en el Salón del Ayuntamiento de la Isla de León donde se proclaman las Cortes generales extraordinarias el 24 de septiembre de 1810 en medio del fuego de la artillería francesa. Entre los diputados había liberales, absolutistas e ilustrados, siendo los primeros quienes defendían la adopción de reformas inspiradas en los postulados de la Revolución Francesa, aunque sin exaltar el carácter revolucionario de la misma.
El resultado de los trabajos de las Cortes se plasmó en la primera Constitución española, aprobada el 19 de Marzo de 1812 y popularmente conocida por "La Pepa", por celebrarse este día la festividad de San José, como ya es bien sabido. El nuevo sistema sienta el principio de la soberanía nacional establecidos por Montesquieu y Locke con la clásica división de poderes entre legislativo, ejecutivo y judicial, aunque también atribuía al Rey la potestad de crear leyes.
Asimismo se reconocen los derechos de libertad de imprenta, libertad económica, igualdad jurídica, inviolabilidad del domicilio, supresión de la Inquisición, etc.
Salvador Viniegra: La promulgación de la Constitución de Cádiz
Victoria
La guerra continúa de forma desigual hasta 1812, en la que el empuje francés va disminuyendo ante la resistencia española que pasa a tomar la ofensiva con la ayuda de los aliados ingleses y portugueses. También influye el agotamiento de recursos y hombres por parte de los imperiales, pues sus ejércitos combaten en toda Europa y llega un momento en que no pueden hacer frente a tantos enemigos. Quizás ése fue uno de los grandes errores de Napoleón; en su megalomanía creyó poder dominar todo un continente por la sola fuerza de sus tropas sin tener en cuenta que la suma numérica de sus adversarios era inmensamente mayor que la suya.
En este año, el Duque de Wellington consigue tomar Ciudad Rodrigo y Badajoz y asesta una derrota decisiva a los franceses en la batalla de los Arapiles, cerca de Salamanca. Estas victorias le hicieron acreedor del título de duque de Ciudad Rodrigo y asimismo es nombrado comandante en jefe de las fuerzas aliadas.
Desde Salamanca se dirigirá hacia Madrid, que ya había sido abandonado por el rey José. El Duque entra triunfante el día 12 de agosto, aunque tiene que salir de la capital al poco tiempo para hacer frente a los franceses en Portugal, circunstancia que es de nuevo aprovechada por Napoleón Bonaparte para volver a entrar en la ciudad. Sin embargo, ya poco podrá resistir aquí. En una posición muy débil por efecto de las campañas de Rusia no puede hacer llegar refuerzos y le aconseja trasladar la corte a Valladolid, lo cual se lleva a cabo a principios de 1813. Madrid queda libre de la presencia francesa definitivamente.

A partir de este momento, los acontecimientos se suceden rápidamente a favor de las tropas angloespañolas. Wellington desaloja sucesivamente al rey José de Valladolid, Burgos, Miranda de Ebro y por fin, Vitoria. En los alrededores de esta última ciudad las fuerzas francesas se ven forzadas a aceptar la batalla que será definitiva, tanto que tras ella el rey intruso cruza la frontera para no volver jamás. En la plaza de la Virgen Blanca de la capital alavesa se halla el gran monumento conmemorativo de la victoria bajo el cual puede leerse la dedicatoria "A la independencia de España".
Tras la batalla de Vitoria, el general español Manuel Freire vence en la batalla de San Marcial el 31 de agosto, a la par que es tomada San Sebastián por los anglo-portugueses. Wellington conquista Pamplona el 31 de octubre de 1813 y entra en territorio francés. Los invadidos pasan a ser invasores.
Ante estos acontecimientos, Napoleón se decide a firmar el Tratado de paz de Valençay con Fernando VII, que por allí seguía de huésped del emperador, devolviéndosele la corona de España y de las Indias y restituyendo a España todas las plazas y territorios ocupados, al tiempo que los anglo-españoles se retirarían del territorio francés ocupado. En abril de 1814, ya habiendo abdicado Napoleón, los últimos soldados franceses abandonan España.
Jerónimo Santos
¬ 09/02/2009
