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Conquistas de la vida privada: la sociedad
En la alta Edad Media el proceso de desarrollo de la vida privada sigue un curso azaroso pero indefectible. En el pasado reciente, las leyes romanas contenidas en el Breviario de Alarico prohíben a los propietarios construir sus casas apoyándolas contra la muralla en el interior de las fortalezas; lo cual se explicaba para ahorrarse el propietario el cuarto muro a expensas de aquella edificación pública y de la libre circulación de la guarnición. Pero en los siglos V, VI y VII, el impulso privado crea sus propios espacios con sus vínculos horizontales, también privados, que interfieren en las estructuras jerárquicas. Ya son dos, pues, las estructuras notorias a la vista de todos: las públicas y las privadas.
El grupo de los antrustiones o voluntarios al servicio del rey tiene en la sociedad (la sociedad civil, se sobreentiende) su equivalente: los vasallos. La etimología del término resulta esclarecedora. Se trata de un vocablo celta, gwas, que designa a un joven esclavo, como lo prueba su forma latinizada vassus en la ley salia (cuerpo de leyes promulgadas a principios del siglo VI por el rey franco Clodoveo I). El vasallo se sitúa en el mismo plano que otros esclavos domésticos como los herreros, los orfebres y los porqueros; sólo que un gran propietario podía poseer varios, incluso una docena. Estos jóvenes, juniores, se ponían en manos de un anciano, de un viejo, senior, durante el proceso de aprendizaje y sumisión. Esta entrega de sí mismos les permitía ingresar en un espacio nuevo de protección y servicios mutuos. Convertido en un elemento apropiado por el señor, el vasallo queda en adelante bajo el poder carismático de origen pagano del señor, el mundeburdium, verdadero poder posesivo y protector a la par.
Este tipo de relación novedosa, de inferior a superior, extrae su fuerza de una fe pagana en la existencia del mundo que es una especie de doble ambivalente de un individuo adulto y que le hace poderoso, fecundo, y también vanidoso y destructor. Al mismo tiempo, el universo de los débiles: las mujeres, los esclavos y los sirvientes, es una posesión del padre o del jefe. El jefe ejerce mediante su poder la estructuración interna del hogar.
Vinculadas de esta manera en el entorno privado las relaciones afectivas, domésticas y religiosas, las diferencias sociales se disipaban e incluso llegaban a fundirse, ordenadamente, pasando el esclavo a la condición de libre.
La sociedad presenta un aspecto marcadamente juvenil en cuanto a la edad de sus miembros; esencialmente porque la esperanza de vida es reducida, siendo muy pocos, hombres o mujeres, los que superan los cuarenta años, y la tasa de mortalidad infantil es de 45 criaturas de cada mil nacimientos. En una sociedad con este predominio de edad, el respeto a la palabra dada no sobrepasa la mayoría de las veces el pensamiento esquivo en quien debe cumplirla para satisfacer empleos y servicios.
El falso testimonio y el perjurio eran tan corrientes que la ley salia (o sálica, en latín salica) reserva tres parágrafos a estas cuestiones, cuando por lo común dedica tres o cuatro líneas a cada uno de sus artículos; uno de los párrafos que incide sobre el individuo que rehúsa respetar la palabra dada a otro ocupa 38 líneas.
La mentira individual era considerada subversiva por la autoridad civil y la eclesiástica. La Iglesia lo percibía tan claramente que casi todos los penitenciales (libros que recogían las normas y ritos para la imposición de penitencias públicas) de la alta Edad Media sitúan en la cima de los pecados más graves el perjurio. En el penitencial de san Columbano (monje misionero irlandés, 540-615), por ejemplo, el más difundido de todos y que hizo escuela, el culpable de perjurio por interés tenía que ser internado en un monasterio de por vida, y quien lo hubiese cometido por miedo debía cumplir siete años de penitencia, de los cuales los tres primeros había de pasarlo el penado a pan seco, agua y, sobre todo, sin armas y en el exilio, sin contar las numerosas limosnas acompañadas de liberaciones de esclavos.

San Columbano
En resumidas cuentas, si el vasallaje era principalmente un plantel de amigos, un falansterio (alojamiento colectivo) de jóvenes al servicio de un individuo mayor o un comando de choque, tenía otro tanto de nudo de víboras y de nociva reciprocidad harto peligrosa.
No obstante, y pese a las apariencias, la cohesión entre los vasallos era menos firme que la habida en otros grupos humanos, generalmente gremios. Las antiguas corporaciones romanas no desaparecieron totalmente, por lo que uniones como la de los canteros o la de los vidrieros, por citar sólo estas dos, se perpetuaban guardando y transmitiendo celosamente sus secretos de fabricación y sus destrezas artesanales.
Gregorio de Tours (Georgius Florentius Gregorius, prelado e historiador, 538-594) refiere el caso de un arquitecto que bruscamente había perdido la memoria de su arte y de sus técnicas, hasta que la Virgen se le apareció en sueños restituyéndole los conocimientos. Es un rasgo revelador de la importancia que había adquirido, también entre los meridionales de civilización romana, el aprendizaje de memoria y la conservación de una cultura y de un oficio por transmisión oral de una persona a otra.

Gregorio de Tours
Los clérigos denuncian acompañados del título "conjuraciones" (conjuras, conjurarse) a esas comunidades marginales compuestas por hombres de toda condición: campesinos, artesanos, negociantes, comprometidos con un juramento mutuo, de igual a igual, a prestarse ayuda a cualquier precio. Tales prestaciones de juramento (y fidelidad o hermandad) tenían lugar el 26 de diciembre, festividad del dios pagano Jul, cuando se podían hacer pactos con los espíritus de los muertos y con los demonios que tornaban a la superficie de la Tierra. Los futuros cofrades organizaban unos banquetes extraordinarios, hartándose de comer hasta el vómito y de beber hasta alcanzar un estado entre alucinado y sumisamente obediente que les permitía comunicarse con las fuerzas sobrenaturales; entonces procedía el juramentar unos a otros según los deseos de unos y otros.
Las conjuraciones de mercaderes representaban un estado de necesidad, por ejemplo para combatir la piratería en el mar o para imponer sus precios en los puertos extranjeros donde desembarcaban las mercaderías. Estas maniobras de conjunto eran de una eficacia constatada. Los conjurados sabían como imponer sus leyes económicas, lo que explica la hostilidad permanente de la Iglesia hacia los mercaderes y los burgueses hasta superado el siglo XI. Estas asociaciones de conjurados combinaban estrechamente la legítima defensa con la razón del más fuerte y la fraternidad gastronómica con el beneficioso igualitarismo nivelador.
Aún más cerradas eran las comunidades judías. Surgidas de la doble diáspora romana de los siglos I y II, se consolidaron en las ciudades galo-romanas de la época merovingia, y posteriormente reforzadas en la carolingia, en Septimania, (Bajo Languedoc), en Renania y Champaña. Centradas en la Torah, la Ley, que junto con la Biblia se había convertido en su única patria verdadera, estas comunidades de hogares y comercios judíos se administraban ellas mismas a través de la asamblea de los jefes de familia, que no reconocía ningún jefe espiritual.
Los rabinos eran simples profesores y cada creyente ocupaba un puesto preciso en la jerarquía social. La comunidad designaba a uno de ellos para negociar en nombre de todos con los paganos, los goyin, (de hecho con los cristianos), con el propósito de reglamentar la convivencia entre las distintas y frecuentemente enfrentadas comunidades, las tasas a pagar, los espacios habilitados para la actividad comercial, etcétera.
La vida interior, y también la vida íntima, de las comunidades judías escapaba al conocimiento, y pro ende al control, de los galo-romanos y de los francos. La soledad hermética y la superioridad intelectual de los judíos, que acumulaban en grandes dosis los comentarios abstractos de la Escritura, provocaban la fantasía en los cristianos ante aquellas células autónomas, aquellas solidaridades autónomas y aquellos mercaderes errantes que eran de un lugar a la vez que pertenecían a otras comunidades: la española, la egipcia, la italiana, etc.
Por su parte, los cristianos aceptaban mejor las comunidades monásticas como espacios de paz y rampas de acceso a la eternidad. En ellas el misterio dejaba de ser algo extraño; lo que resultaba extraño era el mundo exterior, siempre al acecho, peligroso. Las primeras reglas monásticas practicadas en la Galia, desde el siglo V, conservaban la impronta del anarquismo de aquellos atletas de dios que fueron los campesinos egipcios analfabetos, campeones del ayuno y de las maceraciones físicas.
Con san Columbiano, monje irlandés que fusionó las reglas antiguas con la de san Benito de Nursia, muerto hacia el año 560, esos ámbitos cerrados guardados a cal y canto se transformaron en toda la Galia en paradigmas del paisaje mental y físico. En palabras de san Benito: "El monasterio ha de construirse a ser posible de tal manera que todo lo necesario, es decir, el agua, el molino, el jardín y los diversos oficios, radique en su interior, de suerte que los monjes nos e vean obligados a andar fuera de acá para allá, porque esto no es bueno en absoluto para sus almas."

San Benito de Nursia
Al contrario que las comunidades judías, los cenobitas (quien profesa la vida monástica) no cortaba las relaciones con el exterior ni se enquistaban en el tejido social. En los monasterios se acogía a huéspedes, peregrinos y novicios. Su mundo se hallaba cerrado hacia fuera lo más posible para los buscadores de Dios y seguidores estrictos de la regla de la orden, pero permanecía entreabierto para los hermanos laicos. El consejo de los monjes es siempre recibido por el padre abad, que tiene que consultarlos sobre numerosas decisiones. La comunidad, pues, es a la vez vertical y horizontal. Su espacio privado es a la vez un puente entre dos mundos: el terrenal y el divino.
Para Benito, el abad (abba, padre en arameo) ha de ser un padre atento que vigila y guía a sus hijos espirituales en el camino del conocimiento de Dios, enseñándoles las virtudes del silencio y la humildad.
Al mismo tiempo, pudiendo ser considerado paradójico, los monasterios se convierten en establecimientos asimilados a las granjas, como modelos, así como establecimientos modelos de talleres artísticos que a la vez son escuela de espiritualidad. Benito insiste en el papel de la comunidad estable que vive según la regla, juzgando severamente a los giróvagos, aquellos monjes de tipo egipcio e irlandés que vagabundean de celda en celda sin control; y exige que a los eremitas no se les permita vivir en soledad hasta cumplimentar un largo periodo monástico.
Francisco Moreno Cervera
¬ 21/12/2009