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El amor (II): Amor a los hados

 

El amor al destino, el amor al hado (fatum), define al hombre que se entrega a la incertidumbre sin temerla, ignorante de tal acontecer, aceptándola como una parte propia de lo que indefectiblemente sucederá y que a él alcanzará.

    El hombre se enfrenta a una discordia creativa, según Friedrich Nietzsche; se enfrenta a sí mismo y ha de resolver esa dualidad integrándose en los dos polos, en ambos, que son sus modos vitales. El hombre se debate en su duplicidad; posee un alma apolínea y otra dionisíaca. Es la pugna que expresa la grandeza del ser humano y su condición humana.

    También las manifestaciones artísticas: las artes plásticas son apolíneas y dionisíacas las artes no visuales de la música. El ser humano no puede prescindir de la una o la otra sin abocarse a un desespero ante la terrible duda de qué hacer, hacia dónde ir; ni permitir que la elección disgregue su espíritu invalidándolo como ser humano necesitado de la duplicidad.

    Nietzsche examina lo que llama los dos reinos: el apolíneo y el dionisiaco. El reino apolíneo de la serenidad y el elegante equilibrio atribuidos a Apolo del sueño (Traum) y el de la embriaguez (Rausch). El reino apolíneo del principio de individuación, en el que el individuo descrito por Arthur Schopenhauer en la primera parte de su obra El mundo como voluntad y representación se halla sosegadamente en medio de los torbellinos mundanos, cual una frágil embarcación en un mar bravío. Y el reino dionisiaco la desmesura y el ansia de infinito característicos de Dioniso en el que el principio de individuación queda deshecho y la serie de causas quebrada.

    El espíritu dionisiaco puede parecer bárbaro al espíritu apolíneo, pero éste no puede vivir sin aquél.

 

El amor al destino es la grandeza en el hombre. Llegadas las vicisitudes de los cambios, el hombre rechaza la esclavitud del pasado, que supone no ha de volver, e ignora a su vez  la incertidumbre del futuro, al que se niega a temer, acogido a la necesidad y a ella fuertemente asido.

    El no querer que nada sea distinto ni en el pasado ni en el futuro, ni por toda la eternidad. Es el amor fati. Este amor no sólo consiste en soportar lo necesario, ni disimularlo tampoco todo idealismo es mendacidad frente a lo necesario, dice Nietzsche en su Ecce Homo), sino amarlo.

 

El arte y el alma

La distinción, y conjunción, de Nietzsche entre el espíritu apolíneo y el dionisiaco, pese a centrarse en el arte no es una simple categorización artística sino la expresión de formas de cultura que son, en definitiva, formas de vida.

    En su obra La decadencia de Occidente, Oswald Spengler, influido por Nietzsche, menciona el alma apolínea. Estima que esta alma, caracterizada por la presencia sensible del cuerpo individual, era característica de toda la cultura antigua. Expone que son apolíneas la estatua del hombre desnudo, la mecánica estática o la institución del Estado-ciudad; y sostiene que en lo apolíneo no hay evolución interior ni historia. Por lo que frente al alma apolínea sitúa el alma fáustica (con la actitud espiritual del protagonista de la obra de Johann Wolfgang Goethe, el doctor Fausto).

    El alma fáustica no presenta una identidad certificada con el espíritu dionisiaco, pero en ella se perciben rastros del mismo. Para Spengler el alma fáustica que es el alma de la cultura occidental y especialmente del mundo germánico ha elegido como símbolo primario el espacio puro ilimitado. Fáusticas son, por ejemplo, la dinámica de Galileo, las dogmáticas católica y protestante o las grandes dinastías barrocas. Y afirma que en lo fáustico sí hay evolución interna e historia, y conciencia del propio destino.

Fernando Oria

¬ 29/12/2009