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Cartas al mar (1): La isla

 

 

Me fui aproximando por barlovento...

    Lo que en un principio había sido una ligera mancha, casi imperceptible en el horizonte, se fue agrandando poco a poco mostrando, sin reserva, toda la belleza salvaje y pura de una pequeña isla de un verde limpio y profundo, de vegetación baja,  que transmitía una tremenda sensación de serenidad y sosiego.

    Cacé un punto más la mayor aprovechando la ligera brisa reinante y viré a estribor bordeando la pequeña isla por su parte más oriental. Ante mí se abrió una preciosa ensenada, pequeña, con una orla redondeada y brillante formada por una arena fina, blanca, con tonos ligeramente dorados, producidos por los oblicuos rayos de un sol viajero que empezaba a anunciar que, en pocas horas, se alejaría en buscas de otras tierras, viejas conocidas, donde mostrar su poder y su belleza.

    Continué mi periplo descubriendo nuevas playas, menudas, limpias; algunas surcadas por corrientes menores de aguas cristalinas, provenientes del interior de la isla, surgidas como pequeñas estelas plateadas de algún mágico manantial comprometido con la vida de aquel pequeño paraíso.

    Estaba recibiendo los últimos rayos del astro viajero cuando avisté nuevamente la pequeña ensenada a lo lejos. Me pareció el mejor lugar para fondear y pasar la noche. Arrié la mayor y continué solamente con el foque. Me acercaría lentamente. Podría encontrarme con algún bajío y destrozar mi querida Esperanza.

    A una distancia prudente de la playa me puse al pairo, aflojé el cabo del foque y lancé al agua el ancla por la amura de babor. Después terminé de arriar el foque que flameaba jugando con el viento, indeciso en sus vaivenes, dejándole escapar sin rencor alguno. Miré en derredor y contemplé la oscuridad que, poco a poco, empezó a envolverlo todo. No divisaba la playa, aunque sabía que estaba ahí, a poco más de unos cincuenta metros por delante de mí. Encendí un cigarrillo y me tumbé boca arriba en la toldilla. Como tantas veces me quedé extasiado contemplando la maravillosa bóveda celeste. ¡Dios mío, que regalo tan maravilloso!

    Así tendido, quieto, empecé a evocar las imágenes guardadas en mi mente a lo largo de la circunnavegación realizada horas antes. De pronto caí en un detalle en el que no había reparado anteriormente: ¡No había visto ni un solo árbol! ¡Qué extraño! Así me quedé nuevamente absorto con mis pensamientos, al tiempo que la dama blanca y brillante iba ascendiendo poco a poco en el firmamento, iluminándolo todo y produciendo miles y miles de destellos; espíritus burlones plateados, emergiendo a la superficie del agua y, tras un guiño, perdiéndose en sus profundidades, a veces riendo a veces cantando y siempre, siempre, con su belleza hechizando.

    Me incorporé despacio, perezosamente, venciendo una ligera somnolencia que poco a poco iba alimentando el suave balanceo de mi preciosa Esperanza, ágil pero noble, marinera como la que más; confidente de mis anhelos, tristezas y alegrías, respetuosa con mis prolongados silencios, compañera de singladuras increíbles; testigos ambos, en noches como esta, de miles de bellas y furtivas estrellas fugaces exploradoras, también, de espacios infinitos.

    Me quedé mirando, indolente, hacia la playa. Respiré profundo aquel aire limpio. Pero algo llamó mi atención súbitamente. Entorné los ojos y miré fijamente al fondo. A la luz de la Luna, tras la línea de la playa se distinguía claramente una silueta familiar. Una silueta que incomprensiblemente horas antes me había pasado totalmente desapercibida. Allí ante mis ojos, entornados y admirados, se encontraba la formidable, sobria y majestuosa silueta de ¡UNA PALMERA!

    Erguida, fuerte y desafiante a los vientos, como un faro salvador que emitiera luz propia y fuera guía para navegantes, refugio maravilloso con ensenadas apacibles donde el espíritu del auténtico navegante crecerá, aún más, ante tanta belleza.

    ¡Pero no era lo único que se distinguía! Sí... Ahora sé que la palmera no está sola. Alguien, muy próximo a ella, me observaba en silencio con cierto aire melancólico. Alguien que sabe, ahora, que también la observo en silencio y que ese silencio mío guarda un profundo respeto hacia la isla, la palmera y la silueta silenciosa que está junto a ella.

    No desembarcaré. No romperé el maravilloso hechizo de contemplar, desde mi privilegiado lugar, el conjunto formado por aquella figura y la palmera. Creo que es algo indivisible. No la llamaré... sólo observaré, admirado, bajo la luz plateada de aquella hermosa luna, el embrujo de un sueño lleno de aromas... quizá presto a desaparecer... No me moveré.

    Pero al alba, a esa hora mágica que habita entre dos luces, traeré, solo, a bordo de la Esperanza, su abatimiento y melancolía; los envolveré con papel cósmico que más tarde arrojaré en alta mar, en el punto donde las corrientes de la ilusión regresan seguras, sin confusión, a su extraordinaria isla.

    Después, lentamente, empezaremos a prepararnos para zarpar. Mirando impaciente, cada instante, hacia la playa.

    No diré nada... No comentaré nada... Sólo más tarde, a solas, negociaré con el viento captador de las palabras infinitas.

    Él llevará mis mensajes. Él llevará mis palabras.

    Y al amanecer.

    Con la salida del Sol levaré anclas.

    Mi Esperanza y yo partiremos con rumbo desconocido.

    Como siempre confiando el uno en el otro.

    Yo no la forzaré. Mi ceñida, aunque firme, será suave. La alegría de su cabeceo será mi canción preferida. El sonido del viento en las lonas nuestro amigo; su fuerza será la nuestra.

    No sé si volveremos...

    Por si acaso, he fijado en el cuaderno la latitud y longitud de la isla.

    Y en cualquier caso, mi Esperanza y yo no la olvidaremos nunca.

FB Sirocco

¬ 07/01/2010