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Cartas al mar (2): Mar adentro, hacia el Sur

 

 

Dos horas cincuenta y cinco minutos de bordada, amurado a babor salvo pequeñas correcciones que el propio piloto automático se encarga de corregir. No está nada mal y parece que se mantendrá.

    Mi maravillosa Esperanza disfruta, tanto como yo, con el viento casi de través; se siente cómoda. Su alegría me la transmite a cada instante manteniendo, jocosa, cinco nudos casi continuos y a veces más, aprovechando una brisa moderada de 15 nudos aproximadamente y una mar ligeramente rizada, que juega con la proa, fuerte y decidida, de mi Esperanza.

    Hoy se siente coqueta.

    Sujeto a una driza libre, allí donde siempre inciden los rayos del Sol, en lo más alto del palo, próximo a la grímpola, flamea un nuevo y espléndido gallardete hecho por mí con un trozo de vela. En su interior luce una brillante palmera a la luz de una inmensa Luna. A su lado una bella figura, radiante, serena y silenciosa, con los brazos generosamente extendidos hacia el horizonte. Y todo ello guardado en campo verde y oro.

    La Esperanza sabe cuál será nuestro próximo destino. Visitaremos, como hicimos hace un tiempo, a mi amigo Paulo. Le he dado las coordenadas: Norte 38º 36' y 28º 30' Oeste. La muy descarada ha sonreído; sí, sé que ha sonreído por el vaivén calculado y medido que ha efectuado. Como tantas veces me ha hecho ver que su memoria es infalible y que ya estuvimos allí.

    Gobernamos al  O.1/4 SO. Oeste cuarta al Sudoeste.

    Dejaremos al llegar, nuevamente, nuestro nombre escrito en algún trozo de piedra libre, no enmarcado ó tal vez olvidado, por ser menos vistoso, del puerto. No importa que no se vea, no será necesario. Nosotros sabremos que estuvimos allí, una vez más.

    Paulo, su esposa y yo, visitaremos la vieja taberna. Tomaremos una estupenda caldeirada y beberemos... y beberemos... mientras contamos y recordamos mil historias.

    Después, arropado por aquel ambiente mágico, como otras veces, se me saltarán las lágrimas...

    Recordaré que soy de tierra adentro. Recordaré mi casa, mi bella y querida Extremadura. Nombraré a todos y cada uno de mis ilustres paisanos, aquellos que hace quinientos años regresaban por esas aguas y paraban al abrigo de esas costas. Unos para curar sus heridas, otros tal vez para esconder, quizá en un vino semejante, sus tristezas, sinsabores y fracasos. Los más afortunados deseosos de poder regresar. Pero todos, sin excepción, seguro que narraron sus venturas y desventuras delante de una buena jarra de vino a todos aquellos que quisieran, atónitos, escuchar sus increíbles proezas.

    Quizá con el vino se me suelte la lengua... tanto que les cuente mi secreto más cálido.

    Y entonces miraré a mis amigos y les diré que he encontrado una isla maravillosa, sí, maravillosa, donde reina, por increíble que parezca, la armonía y la dulzura. Donde el silencio es un canto que arrastra el viento de las palabras infinitas, lleno de alegres trinos y suaves susurros, que recorren los océanos de ola en ola, de cresta en cresta; donde existe una brillante palmera y una bella y radiante figura a la luz de la Luna que habla sin palabras y se expresa con un sentir que sólo el viento de las palabras infinitas puede recoger; que no usa cantos o palabras con sonidos humanos por miedo a dañar o hacer enloquecer a aquellos marineros solitarios que, maravillados, se aproximen a su isla.

    Por eso sé que no se trata de la bella sirena Parténope, la de los hermosos cantos, porque al escuchar el susurro melodioso de las palabras de la radiante figura, sin sonidos, que solo el viento de las palabras infinitas es capaz de transmitir, no me sentí atormentado.

    Quizá... quizá ocurran todas estas cosas... y algunas más. ¿O no?

    Está amaneciendo, fijaré mi posición y tal vez duerma unas horas.

   El viento sigue constante, la grímpola está fija: siete nudos. Mi Esperanza firme.

FB Sirocco

¬ 12/01/2010