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El poema sinfónico
Composición orquestal inspirada en una idea u obra diferente de la musical, sea literaria, biográfica, epistolar, etc., cuya estructura viene determinada por la narración que el autor efectúa a lo largo de ella por medio de la música.
A mediados del siglo XIX el compositor Franz Liszt acuñó el término poema sinfónico; fue con motivo del estreno en 1849 de su obra Tasso, lamento e trionfo.
En un principio esta obra se concibió como una obertura, pero al apreciar en ella peculiaridades llamativas dio pie a que su creador ideara un nuevo tipo de género musical que posteriormente desarrolló.
El poema sinfónico presenta una estructura determinada, o bastante determinada, a pesar de su gran flexibilidad. Por lo general se trata de una obra en un solo movimiento, casi siempre orquestal, cuyas distintas partes, que corresponden a los diferentes episodios de la narración que la han inspirado, se hallan encadenadas entre sí.
Las evocaciones originadas con independencia de la música aparecieron en las composiciones con anterioridad al nacimiento del poema sinfónico. Como primer antecedente del género puede citarse el Retrato musical de la naturaleza, compuesto en 1784 por Justin Heinrich Knecht. Franz Joseph Haydn se habría inspirado en estados de ánimo al componer sus sinfonías 6ª, Le matin, 7ª, Le midi y 8ª, Le soir. Ludwig van Beethoven apunta la génesis del poema sinfónico en su sinfonía n.º 6, Pastoral y en las oberturas Coriolano y Leonora n.º 3. Otros antecedentes del poema sinfónico se deben a Hector Berlioz, en la Sinfonía fantástica, Félix Mendelssohn, en El sueño de una noche de verano y en Robert Schumann, en la obertura de Manfred.
Tras su primer poema sinfónico, Franz Liszt abogó arduamente por la validez de la forma. En 1855, en un escrito titulado Berlioz y su Sinfonía Harold, Liszt defendió al sinfonista poeta frente al mero sinfonista, en razón de la mayor comprensión global que el primero puede aportar con la ayuda de un programa.
Desde el primero, en la obra de Franz Liszt proliferaron los poemas sinfónicos, sobresaliendo los siguientes: Lo que se oye en la montaña y Mazeppa, inspirados en Victor Hugo; Prometeo, basado en Johann Gottfried Herder; Los ideales, en Friedrich Schiller; Hamlet, en William Shakespeare; Orfeo, concebido por Liszt como una obertura a la ópera Orfeo ed Euridice de Christoph Willibald Gluck; y los poemas tradicionales húngaros Sones de fiesta y Hungría.
Un gran número de compositores del ámbito germánico continuó la forma musical iniciada por Liszt. Anton Bruckner se apoyó en un programa para su Sinfonía n.º 4, así como Gustav Mahler para su Sinfonía n.º 1, Titán. Otros músicos de menos nombre cultivaron el poema sinfónico, entre ellos, Joachim Raff, Hans von Bülow y Alexander Ritter.
Pero el artífice del éxito del poema sinfónico a finales del siglo XIX es mérito de Richard Strauss, quién confió en este género para producir composiciones experimentales en el terreno melódico, en el instrumental y en la orquestación. Obras tales como: Macbeth, Don Juan, Muerte y transfiguración, Till Eulenspiegel, Así hablaba Zarathustra o Don Quijote, figuran como ejemplos señeros de poema sinfónico.
El poema sinfónico experimento en Francia, durante un tiempo, un impulso apreciable de la mano de Camille Saint-Saëns, Phaéton y Danza macabra y César Franck, El cazador maldito y Las Eólidas; posteriormente, El bosque encantado, de Vincent D'Indy, El preludio a la siesta de un fauno, de Claude Debussy y El aprendiz de brujo, de Paul Dukas.
Especial relevancia ha tenido el poema sinfónico en la ilustración de características folclóricas dentro de la música de carácter nacionalista. Desde los poemas centroeuropeos de Bedrich Smetana, el ciclo Mi Patria, y de Antonín Dvorák, Canto heroico, hasta ejemplos en la música rusa como Romeo y Julieta o Manfredo de Piotr Chaikovski, En las estepas del Asia Central, de Alexander Borodin o Scheherazade, de Nikolái Rimski-Korsakov; pasando por los frescos nórdicos de Jean Sibelius, Finlandia y Tapiola; hasta las evocaciones romanas de Ottorino Respighi, Pinos de Roma o Fuentes de Roma.
El poema sinfónico es un vehículo a propósito para transmitir sensaciones que van más allá de la música.
Jorge Barrón
¬ 29/01/2010