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Cartas al mar (7): Navegando hacia el Norte

 

 

Es un día espléndido, maravilloso. La luz lo inunda todo. Es uno de esos días que te sientes tan bien que tienes que sujetar el espíritu, viajero de por sí, que se mezcla, puro, entre los rayos vivos y los reflejos juguetones de un joven arco iris, renovado en cada gota de espuma que brota salvaje junto a la poderosa quilla de mi Esperanza.

    Sujeto con gozo la caña. Con cada ola dividida por la proa, voluntariosa de nuestra nave, voy notando en la palma de mis manos la sutil elegancia innata en ella, sus gráciles movimientos marineros.

    Gobernamos al N.1/4 NE, Norte, cuarta al Nordeste.

    Ciñendo muy ajustado, amurado a babor, con las escotas del génova y de la mayor cazadas al máximo. Nuestra Esperanza, coqueta, sonríe al sentirse observada, orgullosamente engalanada. Junto a nuestra preciosa bandera, desplegada hoy por la fuerza del viento, un sinfín de bellas banderolas, sellos y visados de colores múltiples, testimonio perenne de la bondad ofrecida por nobles seres de tierras de ensueños y de ilusiones infinitas. Y en lo más alto nuestro hermoso e inconfundible gallardete, en campo verde y oro. Y así, coqueta, presumida, firme y orgullosa, nuestra Esperanza más que navegar vuela disponiendo a su majestad, con rumbo recto, la inmensidad de los mares y sus vientos libres, siempre libres.

    Charly, mi segundo de abordo, provisto de su arnés, erguido como suele sobre sus extremidades inferiores, desde mi hombro derecho desafía orgulloso a los vientos del Norte. Marinero fiel, seguro, de corazón bravo, libre en su concepción más genuina, navegante curioso, explorador de sueños, confidente sin igual de largos silencios comprensivos.

    Pasamos raudos dejando por sotavento un bello conjunto de pequeñas islas de suaves temperaturas. En su interior, rodeadas de una frondosa vegetación verde rota por miles de flores silvestres de un colorido sin par, bellas lagunas de aguas cristalinas; aguas sin salmuera, agua dulce donde se cobijan miles y miles de aves; entre ellas los gansos viajeros que se divisaban en el horizonte deseosos de arribar después de su larga y agotadora singladura.

    Sobre mi hombro Charly comenzó a lanzar sus habituales chillidos, la estridencia del comunicador peculiar, mirándome interrogante, con esa expresión de curiosidad que yo había aprendido a conocer.

    Son gansos, gansos viajeros dije. Cada año vienen desde muy lejos volando cientos y cientos de millas ¿Qué cómo aguantan? Pues por amor, por la fe, por el respeto y la confianza que tienen en los demás y cada cual en sí mismo para alcanzar el objetivo común.

    "¿Ves la forma que tienen de volar formando una "V"? Hacen como nosotros. Aprovechan los vientos libres.

    "Los que van delante, al batir sus bellas alas generan un movimiento en el aire que ayuda a los que van detrás. De esta forma todo el grupo aumenta un setenta por ciento ó más su poder de vuelo.

    "Cuando el ganso que va delante se cansa, cosa normal dado el esfuerzo que va realizando, humildemente, sin complejos, se pasa a uno de los puestos de atrás y otro ganso toma su lugar. Al fin de cuentas todos conocen o intuyen el lugar de arribada.

    "Pero además hay mucho amor entre ellos. Porque cuando un ganso enferma o cae herido dos de sus compañeros inmediatamente abandonan la formación y lo siguen para ayudarlo y protegerlo, y se quedan con él hasta que esté nuevamente en condiciones de volar o hasta que muere; y así, incansables, recorren el mundo en idas y vueltas".

    Charly lanzó un chillido corto. No sé a ciencia cierta si profirió un gruñido de asentimiento o de reflexión. Al cabo, ya en silencio, volvió a mirar al frente totalmente ensimismado.

    De pronto noté en el rostro el viento mensajero de las palabras infinitas, y con cierta añoranza mi mente vagó a través de los siglos, de las épocas, de los tiempos de los tiempos, recordando... ¿Qué? ¿Los nombres de los sin nombres? ¿Cómo se puede saber o recordar a tantos hombres que desde el principio de los tiempos sintieron la fuerza del viento en sus caras, la dulzura de unas tablas bajo sus pies, la oración de una espuma salada en los labios, el azul, las estrellas amigas, el infinito? 

    Nombres. No, no conocía sus nombres. Pero el viento de las palabras infinitas sí me traía sus imágenes, sus vivencias y circunstancias; aquella lucha contra las furias,  el valor de los intrépidos, la audacia al límite. Todo a mí alrededor había quedado impregnado de ellos y por ellos. ¿Cuántos de ellos habrán pasado por la isla? ¿Existirán islas similares? ¿Cuánto dura un sueño? ¿Cuántas islas pueden albergar un sueño?

    La Esperanza volaba. Charly, mi segundo de abordo, sobre mi hombro, me miraba con extrañeza.

    Solté un grito fuerte pero entrecortado que resonó a lo largo y ancho de la Mar Océana:

    Rumbo a la isla, Charly. Rumbo a la isla.

    "Te mostraré la isla más bella del mundo. Conocerás el embrujo de sus destellos a la luz de la Luna. Escucharemos el siseo de la orilla de la playa; la contagiosa risa y el murmullo de los arroyos que joviales bajan a besar la blanca arena. Próxima a ella surge poderosa, inmune a los vientos, a las furias y a las leyendas ¡la palmera!

    "Después quizá iremos al Grove o a Cádiz, a Cartagena o quién sabe. El mar es tan grande y los vientos son tan libres...

    "La Esperanza entonces ¿descansará? Nosotros con los ojos entreabiertos, cerca, muy cerca de nuestra Esperanza, soñaremos con nuevos viajes, con nuevas apasionantes singladuras; también con los viejos vientos que serán para nosotros nuevos en nuestras velas. Nuevos mares acudirán a la llamada de los marinos llenos de historias; recuerdos que vuelven al presente o tal vez nosotros al pasado. ¿Será posible? ¿Sucederá?"

    Entonces Charly se volvió despacio. Me miró y con una asombrosa voz cargada de melancolía, algo aflautada dijo:

    ¿Es el final?

    Me quedé quieto, muy quieto, mirándole fijamente sin poder articular palabra.

    ¿Qué estaba pasando? ¿En qué lugar ocurren semejantes maravillas?

    ¿Sorprendido de escucharle? Si... No...

    Le seguí mirando. Creo que de él ya no me sorprende nada. Creo...

    ¿Es el final? -insistió en la pregunta.

    Le respondí con sinceridad y calma.

    No lo sé, Charly. Sólo dependerá de los sueños, de nuestros sueños.

FB Sirocco

¬ 05/02/2010