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La división confesional en Europa (I)

 

 

Había sido la guerra las constantes manifestaciones bélicas la forjadora del carácter europeo, que es como decir la historia europea, durante siglos. Pero Europa queda dividida a una escala sin precedentes a consecuencia de la Reforma a partir de la década de 1520.

    Contrariamente a lo acaecido con la expansión paulatina del cristianismo por el mapa del paganismo, la Reforma provoca la división permanente en dos partes delimitadas rápida y profundamente en lo social y en lo emocional, de una comunidad cristiana secularmente unida.

    La fractura se origina en una época en la que la mayoría de la gente creía o quería creer que desempeñaba un papel en el plan divino, iniciado con la creación del mundo y que posteriormente pasó a centrarse en el individuo desde el momento en que Dios se hizo hombre y así murió en a cruz para redimir a sus semejantes. Una vida ajena al sentido de la trascendencia, según estos acontecimientos, era algo inimaginable. Las figuras de labradores, carpinteros y albañiles talladas en misericordias y ménsulas, reflejaban la fluidez de las relaciones entre el pueblo y los lugares de culto, las iglesias, donde los trabajadores alquilaban sus servicios con las herramientas de su oficio.

    La vida social confluía en el templo, a pesar de que Jesucristo hubiera expulsado a los mercaderes del mismo: los comerciantes cerraban allí sus tratos, los amantes concertaban citas, las inscripciones y los escudos de armas reivindicaban la asociación de lo profano y los agrado. Los donantes aparecían retratados en los retablos, de acuerdo a las escenas conmemorativas de la vida de Jesús; los santos hacían guarda con el telón de fondo de las ciudades a las que dispensaban su protección espiritual; la Virgen sostenía a su hijo a la vista de los concejales del Ayuntamiento bien identificables. Los artistas utilizaban los rasgos físicos de la gente que ellos y su público conocían para incorporarlos en obras religiosas, como hicieron Filippo Lippi en Italia y Jean Fouquet en Francia, llegando a servir como modelos de María las amantes que tenían o deseaban tener.

    Las capillitas callejeras, los crucifijos en los recodos de los caminos, las efigies de santos o las escenas de la Pasión de Jesucristo en murales, vajillas y lienzos de diverso tamaño, incisas en piezas de armadura, representadas en relieve en tejas de horno, talladas en vigas y muebles, fueron tema de las primeras xilografías que se pegaban o clavaban en las paredes de las viviendas, sobre todo, rurales. El calendario se animaba en las celebraciones santificadas. Por ejemplo, un hombre del condado de Lancashire, en Inglaterra, acusado en 1532 de haber dejado embarazada a una mujer, reconoció haber tenido relaciones con ella de ven en cuando, pero jamás en el periodo entre la fiesta de san Marcos y la de san Juan Bautista.

    El clero, como intermediario entre lo sagrado y lo profano, facilitando la convivencia de ambas especificidades, refrendaba esa conexión visual. En las principales urbes de la Europa católica la proporción de clérigos: sacerdotes, monjas, frailes, monjes, miembros laicos de órdenes religiosas, oscilaba entre el 1 y el 3 por ciento de la población adulta; y aunque había en ellos algunos de los componentes más cultos de sus respectivas comunidades, muchos estaban mal preparados para la instrucción religiosa. Antes de que el protestantismo desafiase a un catolicismo bastante tolerante y antes de que el catolicismo reaccionase intentando asegurarse de que los clérigos se convertían en miembros modélicos de la sociedad, la relación entre la teología y la vida práctica se encontraba en un estado de equilibrio nada cuestionado en el ámbito social.

    Se aceptaba el estado de hecho. Los obispos eran grandes terratenientes; los abades podían llamar a las armas a sus arrendatarios en defensa de las propiedades; Roma era un lugar de encuentro de cardenales mundanos y uno de los centros de la diplomacia internacional, además de atraer a los peregrinos.; Roma era la cabeza del mundo, Caput Mundi, para sus admiradores y el ano del mundo, Coda Mundi, para sus detractores que deploraban el espíritu mercenario de su clero y sus numerosas prostitutas.

   

Todas las relaciones entre el mundo laico y el del clero configuraban el cielo en la Tierra a través de sus representantes. Por ejemplo, los altercados entre aparceros y sacerdotes sobre el derecho de éstos al diezmo en un mal año; las negociaciones de un burgués para conseguir aminorar el tiempo de permanencia de su hija e un convento; el examen curricular de los candidatos a una sede eclesiástica en busca de indicadores de su posición social y de su maleabilidad política; la orden del emperador Francisco I a unos sacerdotes bretones de que lucharan ante sus invitados para demostrar la fuerza de los naturales de la Bretaña.

    Los castigos eclesiásticos para faltas habituales como la blasfemia eran, en general, leves, y la absolución de la mayoría de pecados, con la excepción de asaltar a un clérigo, raptar a una monja y similares, cuya consideración se reservaba a las autoridades superiores, la tenía asegurada el pecador contrito en el confesionario.

    La mayoría de la gente rara vez se confesaba o a comulgar más de una vez al año, por Pascua, lo que contrastaba con la masiva asistencia a misa sean cuales fueran los motivos, la invocación de los santos patronos, el culto a las reliquias y la división del día al son del tañido de las campanas de las iglesias parroquiales o de los monasterios; actitudes que proporcionaban una necesaria seguridad ante las incertidumbres de la vida y el sentido de la misma. De las iglesias y capillas de los monasterios urbanos y rurales, de las chantrías y los altares de las cofradías asociaciones de tipo religioso que en Londres, por citar este caso, en 1500 rondaban las doscientas, ascendían las plegarias unánimes para acortar la estancia en el Purgatorio de aquellas almas cuyos parientes mortales podían sufragar el gasto petitorio. Era una fe omnipresente pero sin insistencia, apenas valiente e inquisitiva cual la manifestada por la Reforma protestante.

    En los momentos de angustia se recurría al sacerdote con sincero arrepentimiento y evidente devoción, pues era el intermediario entre Dios y el hombre; había que salvaguardarse contra las penas del infierno pues los castigos del Señor, a quien los mereciera, eran espantosos. Solía ocurrir que el miedo de algunas personas derivaba en pánico colectivo, provocando avalanchas humanas ante el púlpito de predicadores carismáticos y arrepentimientos generalizados en sus más variadas manifestaciones.

    Pero tampoco cundía la paz en los espíritus de los intelectuales de la Iglesia. Los teólogos se afanaban en discusiones acerca de la predestinación, la inmortalidad del alma, la eficacia de las obras como manera pública del acto de contrición o la cuestión de has qué punto la salvación del alma después de la muerte dependía de haberse consagrado lo menos posible a una vida activa en el terreno de los negocios, la familia, la política y la guerra.

 

Los movimientos heréticos anteriores contra el catolicismo imperante, contra su clero, contra su práctica y algunas de sus doctrinas, habían sido dominados o quedado confinados a lugares remotos gracias a la acción represiva conjunta de la Iglesia y el Estado. Pero asoman nuevos impulsos que acabarán en cisma.

Erasmo de Rotterdam

Erasmo de Rotterdam, pintura de Hans Holbein el Viejo

 (Geert Geertsz - Desiderio Erasmo de Rotterdam)

 

    La secta de los Hermanos moravos, por citar un caso relevante, sobrevivía en Bohemia. Un corresponsal de Erasmo, por medio de una carta a él dirigida en 1519, la describe para de ella extraer enseñanzas sobre la naturaleza de otras formas de protesta diseminadas. Escribe Jan Slechta que los Hermanos moravos tienen al Papa León X por el Anticristo; nombran a sus propios obispos, hombres laicos, oriundos e incultos, casados y con familia; no reconocen otra autoridad que la de la Biblia; sus ministros celebran la misa sin casulla, utilizan pan con levadura y sólo rezan el padrenuestro; niegan la transubstanciación: la doctrina de que el pan y el vino, al consagrarse, se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo; ridiculizan las promesas a los santos, las plegarias por los difuntos y el sacramento de la confesión; y no guardan más fiestas que los domingos, Navidad, Pascua y Pentecostés.

El Papa León X

León X, Papa, pintura de Rafael

 

    Otra forma de protesta aunque menos radicalizada era la expresada por los Hermanos de la Vida Común; grupo de seguidores de la Devoción Moderna, Devotio Moderna. Numerosos en los Países Bajos y en Renania e influyentes mediante sus escuelas Erasmo fue a una de ellas y sus libros principalmente el titulado Imitación de Cristo, publicado en 1418 y atribuido a Tomás de Kempis (Thomas Hemerken), eludían desafiar abiertamente a la Iglesia manifestando sus críticas implícitamente, prescindiendo de aspectos que ésta ofrecía como los ritos y preceptos considerados superfluos, y su indiferencia ante la experiencia religiosa subjetiva: la del individuo.

Tomás de Kempis

    Ciertamente, por todas partes las actitudes de la gente hacia la Iglesia católica reflejaban una doble mentalidad: se aceptaban sus creencias a la par que se desconfiaba e incluso despreciaba a sus ministros. La fe y el anticlericalismo convergían en una relación habitual pero inestable. La imagen generalizada de una población europea que sólo esporádicamente daba en pensar en la naturaleza de su religión, sintiéndose cómoda con una Iglesia que pese a todas las consideraciones en contra de la liturgia, el poder temporal o la personalidad de los prelados y ministros, se aceptaba como tal dentro del orden de la existencia común. Lo que no impedía que brotes intermitentes y dispersos auguraran u conflicto que acabó por llegar.

    Hacia el año 1500, una cantidad desacostumbrada de manifestaciones de una devoción rayana en la histeria fomentaron los viejos temores milenaristas de que Dios pondría fin a un mundo perverso con un Estricto Juicio Final, que indefectiblemente tendría lugar en un año finalizado con dos ceros. 

Silvia Jansen y Esteban Rubio

¬ 09/03/2010