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La división confesional en Europa (II)

 

 

Cundía la inquietud en el orbe cristiano cuando un sacerdote alemán, de nombre Martín Lutero, hombre de manifiesta incertidumbre espiritual, angustiado por las contradicciones que apreciaba en el ámbito religioso, acreditado teólogo de elocuente verbo, pidió a las autoridades eclesiásticas una redefinición, una reforma, de alguno de los posicionamientos doctrinales hasta entonces inmutables.

Martín Lutero

Martín Lutero, pintura de Lucas Cranach. Palacio de los Uffizi, Florencia.

 

    Lutero divulgó en 1517 su primer desafío a la Iglesia católica, fecha en la que se sitúa el origen de la Reforma. Sea o no leyenda que un ejemplar conteniendo sus noventa y cinco tesis, los noventa y cinco enunciados breves sobre cuestiones susceptibles de debate, fue clavado por él en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg, lo cierto es que las noventa y cinco tesis consiguieron una rápida y efectiva divulgación. Eran muchas las cuestiones planteadas por Lutero a los dirigentes eclesiásticos, pero limitados los argumentos.

    El marco se describe por los hechos. Con licencia del Papa León X, se vendían indulgencias en Alemania que prometían al comprador el acceso a la misericordia vía una reducción de la sufriente estancia en el Purgatorio. La promulgación de estas indulgencias no era novedosa pero sí el descaro con el que se mercadeaba con ellas sin que los ‘buleros' exigiesen las debidas reflexión y penitencia antes de poder acceder a la reserva espiritual de misericordia. Esta Iglesia que actuaba mercantilmente, a partir de sobornos, concediendo mayor importancia al aspecto económico que al espiritual de confesión, penitencia y rezo, era la que Lutero dejaba en evidencia poniéndola en cuestión. La protesta de los disconformes adquirió la misma excesiva dimensión que la alcanzada por el mercadeo de venta y compra.

    Las autoridades eclesiásticas locales advirtieron la ofensiva inmediatamente, luego Roma con la curia vaticana que se aprestó a la contraofensiva; y uniendo esfuerzos y cerrando filas en torno a la causa católica también el emperador Carlos I de España y V de Alemania, velando por sus dominios en Alemania, apareció en escena con todo su poder.

 

Planteado el enfrentamiento, el sacerdote Lutero, todavía exento de castigo o encierro, tal vez por intercesión del elector de Sajonia, Federico el Sabio, aceleraba la difusión de su planteamiento por medio de opúsculos, tratados breves y recopilaciones de sus cartas, contando con la inestimable colaboración de impresores que publicaban en lengua vernácula para llegar a más público.

    Claro que tanta velocidad en la transmisión de opiniones y propuestas, conferían al mensaje un tono además de apresurado, propagandístico y extravagante, que no pareció restar atractivo entre los destinatarios. Tampoco mejoraba estilísticamente la apariencia de las cartas luteranas (de Martín Lutero) a la autoridad eclesial. En una de ellas de 1520, dirigida a León X, recuerda al Papa que "Roma es más corrupta de lo que fueron Babilonia o Sodoma, y se distingue por su depravación y su total, irremediable y pública perversidad."

    La base argumental de Lutero radicaba en la total suficiencia de la Biblia como guía de los creyentes, rechazando la idea de que los papas estuviesen facultados por Dios para declarar que determinadas creencias, inspiradas por personas doctas en teología, reflejaban la actuación del Espíritu Santo dentro del cuerpo histórico de la Iglesia y, en consecuencia, eran doctrinalmente correctas; mientras que otras, por ejemplo la Inmaculada Concepción de la Virgen, podían ser importantes para orientas a los devotos pero no sin que tuviesen valor de dogma para los fieles.

    Este desafío a la doctrina oficial, favorecedora de la inmensa estructura de la Iglesia, contaba con el apoyo del reciente y en auge estudio humanístico del mundo antiguo a partir de los textos escritos en la época clásica, liberados de interpretaciones y comentarios posteriores. El deseo de recuperar lo exactamente escrito y de ver a los autores clásicos en función de sus experiencias y la época de registro, era especialmente relevante en el caso de la Biblia, el texto cristiano fundamental, incidiendo en el Nuevo Testamento y las Epístolas, que habían sido escritos en época clásica.

    A Lutero, y a otros de sus contemporáneos, incluso menos radicalizados, la revisión del credo cristiano centrado en las palabras y las vidas de Cristo y de quienes escribieron y divulgaron los Evangelios al cabo, le sonaba a meros comentarios e invenciones. A un lado el bautismo y la comunión, que aparecen en los Evangelios, el posterior edificio de los sacramentos: confirmación, matrimonio (en tanto y cuanto sacramento no contrato matrimonial), confesión, penitencia, extremaunción y ordenación, se desmoronó y con él la necesidad de la casta sacerdotal milagrera que lo mantenía erigido. Sin los sacramentos, postulaba Lutero, toda la jerarquía eclesiástica se hacía innecesaria. También se desmoronaba la insistencia de los católicos en la eficacia de las penitencias y de las obras de caridad. Lutero interpretaba que Dios ofrecía su perdón y gracia al hombre, nacido en pecado, en respuesta a la intensidad de la fe individual en su misericordia: la justificación del deseo de salvarse humano por salvarse en el día del Juicio Final dependía de lo que su corazón ofreciese a Dios.

    Esta creencia era la que daba esperanzas a los que preocupaba más la doctrina de la Iglesia que lo inadecuado del clero; asunto que angustió la juventud de Lutero.

    Un amigo del abogado William Roper, yerno de Tomás Moro, ha dejado escrito unas reflexiones que derivan en convencimiento; su salvación, confiesa, llegaría no con ayunos excesivos ni frecuentes rezos, sino aceptando la didáctica de Lutero (leída en algunas de sus obras que, pese a la prohibición de importación desde 1521, comerciantes alemanes de Londres pasaban de contrabando. Cuenta Roper: "sólo la fe justificaba, las sobras no eran de ningún provecho al hombre; y si el hombre podía creer que nuestro Salvador Jesucristo derramó su preciosa sangre y murió en la cruz por nuestros pecados, sólo con eso ya bastaría para salvarnos." Por ello creía que todas las ceremonias y sacramentos de la Iglesia de Cristo eran en vano.

 

A medida que otra gente acogía las ideas de Lutero (luteranas) y las aplicaba de acuerdo con sus propias necesidades interiores derivando hacia el utilitarismo, en circunstancias distintas y a través de colegas y discípulos distintos, el protestantismo adoptó formas diversas, diferenciadas entre sí.

    En 1518, el sacerdote y clasicista Ulrico Zuinglio (Huldrych Zwingli), predicó en la catedral de Zurich contra la venta de indulgencias. Proclamaba "creemos que gracias a la fe, el perdón de los pecados se le concede con total seguridad al hombre cada vez que reza a Dios con la intercesión de Cristo"; rechazando la eficacia espiritual de las obras por oposición a la moral.

Ulrico Zuinglio (Huldrych Zwingli)

Ulrico Zuinglio (Huldrych Zwingli)

 

    Zuinglio restaba importancia a la idea de pecado original que, sin embargo, respetaba Lutero. Mientras que Lutero mantenía una posición equidistante en cuanto a la naturaleza de la eucaristía, negando la transubstanciación del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo al tiempo que aceptaba su presencia espiritual real, Zuinglio negaba todo cambio en su naturaleza: comía el pan y bebía la sangre únicamente como símbolos conmemorativos de lo que Cristo, antes de morir, ofrecía a la mandad entonces y para siempre. Estas diferencias, después de su amplia divulgación y de su incorporación en la liturgia de los oficios religiosos, determinaron el carácter específicamente zwingliano de la versión suiza de la Reforma.

 

En esa línea de pensamiento y actuación, el francés Juan Calvino (Jean Cauvin) dio una nueva orientación al credo luterano. Calvino era otro intelectual católico cuyas dudas personales incitaron a desear la reforma de la teología tradicional.

Calvino (Jean Cauvin)

Calvino (Jean Cauvin), anónimo del siglo XVI. Museo Histórico, Ginebra.

 

    Tanto Lutero como Zuinglio habían evitado una maraña teológico abocada a la confusión y al enfrentamiento entre los mismos reformadores-protestantes, pero que en principio perturbaba principalmente a los pensadores católicos. "Si Dios lo sabe todo, pasado, presente y futuro, porque es omnisciente como le corresponde por su naturaleza, entonces conoce el destino de todos los hombres: si se salvarán o se condenarán. Así pues, ¿qué sentido tienen los esfuerzos espirituales del individuo?"

    Calvino enseñó que la humanidad se dividía entre quienes estaban predestinados a salvarse y aquellos cuyos esfuerzos por acercarse a Dios estaban condenados al fracaso desde que Dios había concebido el mundo que iba a crear. Todo lo que restaba al individuo era vivir devotamente, honrar a Dios y a su palabra, agradecerle su presencia constante, agradecer el desempeño del papel, por trágico que fuese, que a la persona correspondía en la vida y esperar lo mejor.

    Esta austera visión del protestantismo resultó ser un desafío a la Iglesia. Ninguna idea reformista revelaba con tanta claridad cuántos temperamentos religiosos rechazaban la guía del catolicismo por la pasadera de los sacramentos, con el apoyo del confesor, por un lado, y por el otro del sostén de las obras piadosas.

    Con la publicación en 1536 de Institución de la religión cristiana, las ideas de Calvino se transformaron en un calvinismo intolerante, exportable a los conversos en forma de un solo libro en lugar de la serie de panfletos, tratados y sermones dispersos en que Lutero y Zuinglio había propagado su mensaje.

 

La fisura religiosa se perfilaba sólida y expansiva a partir de 1550; aunque todavía no definitiva. España, Italia, gran parte del territorio meridional alemán, Austria, Bohemia, Polonia y Lituania, continuaban siendo católicas, pese a que las cuatro últimas aceptaran la convivencia con minorías calvinistas. Mayormente la Alemania septentrional se confesaba luterana, al igual que Prusia, Dinamarca, Noruega y Suecia. Los cantones suizos eran en parte católicos; Ginebra era el centro de organización y difusión de las comunidades calvinistas dispersas cuyos miembros iban abriéndose camino entre los gobiernos municipales y las familias nobles de Francia y los Países Bajos. Inglaterra, al cabo de muchas vacilaciones y veleidades, se convirtió en un país protestante con una iglesia de Estado de signo calvinista. Escocia fue plenamente calvinista. Rusia, sin fisuras disidentes propias y espontáneas y sin misioneros protestantes, conservó su fe ortodoxa.

Silvia Jansen y Esteban Rubio

¬ 16/03/2010