esunmomento.es
Estás en... Pedagogía > Didáctica
La elección y sus condicionantes: morales, éticos, políticos y económicos (y 2)
Toda persona que desee aceptar la libertad como forma de vida y expresión, debe ser consciente de lo exigente del propósito, de lo arduo de la tarea y de los múltiples obstáculos que aparecen y crecen en el camino.
Nada es por casualidad. El azar es una contingencia independiente del propio mérito o demérito. La valía hay que demostrarla y los riesgos afrontarlos desde la determinación individual. Las musas no visitan el hogar del vago, del arribista ni del pícaro acechando la oportunidad de ocupar por los medios que sean precisos la plaza que en justicia jamás tendría que corresponderle.
Para ejercer libremente la vida, las ideas, los proyectos, los sentimientos, se requiere una voluntad firme, un demostrado espíritu de sacrificio y, para alcanzar un nivel práctico expansivo privado y público, la disposición de factores posibilistas vinculados al sistema social. Un sistema social intervensionista dificultará el desarrollo de las iniciativas personales y, por ende, la creación de empresas, el estudio y la realización competitiva de bienes y servicios, y el acceso a la producción de toda clase.
En frase mundana: el dinero ha de correr para generar prosperidad.
Otra frase bien indicativa es: donde se impide la iniciativa personal, donde se anula la libertad individual para ser y sentir, cada individuo es en sí la masa.
Una sociedad que motive a sus emprendedores, además de generarlos consigue atribuirse los logros colectivamente y disfrutar de los resultados en todos los órdenes: científicos, tecnológicos, humanistas, etc. Si esa sociedad destinada a la superación a partir de sus componentes, las personas, invirtiendo en ellas, premiando a las que destaquen para exigirles un mayor compromiso con el conjunto y con sus respectivas capacidades, facilitando la equiparación de todos con los mejores (no a la inversa como en los regímenes socialistas, equiparando por la inepcia para incrementar la masa en detrimento diseñado de la inteligencia independiente), invierte en sus potenciales alejando de sí las inútiles vanidades, las nefastas envidias y la perversa mentalidad del "yo lo quiero todo sin hacer nada" o "ya me darán lo que necesito para ir pasando", la riqueza ser pública y privada, para uno y para el resto.
En la órbita estrictamente económica, es la acumulación de capital destinada al ahorro (que permite consumir) y a la inversión (que permite producir), la que incrementa la productividad marginal del trabajo y en consecuencia los salarios; la acumulación de capital es la herramienta irremplazable de la mejora económica. Florecen los negocios, aumentan las oportunidades laborales como asalariado, autónomo o empresario de mayor calado, siendo conscientemente tanto unos como otros benefactores recíprocos y consumidores. Proclamaban los viejos liberales "que en la economía de mercado prevalece una armonía entre los verdaderos intereses de todos los grupos de la población."
El acceso libre a bienes y servicios compitiendo en el mercado hace de éste un medio dinámico de intercambio e innovación. El consumidor espera de los productores novedades periódicas que mejoren anteriores resultados a la vez que un menor coste para su adquisición.
La elección, la posibilidad de elegir, se convierte en el fundamento de la libertad; propiamente define la libertad. En la persona reside la facultad de decidir no sólo lo que le apetece, lo que le conviene o precisa, sino la calidad y la utilidad que sanciona con la compra.
La competencia ha de existir al igual que ha de existir la diferenciación de criterios, posturas, pareceres y sentimientos; para que de tal diversidad surja el acuerdo, el convenio, la aceptación de "eso otro". La incompatibilidad se sitúa en la intransigencia, no en la variedad de pensamientos u opciones.
El gran riesgo para la elección se prefigura en el estatismo. El obsesivo, ideologizado y excluyente, deseo de controlar todos los ámbitos de la vida pública, de la vida privada, de las Instituciones y de los Organismos; la fementida promesa de una sociedad utópica amoldada al deseo explícito de sus diseñadores, sociedad absolutamente ‘protegida' excepto de sus ‘protectores'; el alienante igualitarismo, la enfermiza uniformidad cuyo máximo y terrible exponente es el ‘pensamiento único', derivan en una agobiante atmósfera que en términos políticos se denomina totalitarismo, pero que también recibe el nefando y para los que no se engañan bien conocido título de tiranía.
No hay peces sin mojarse, expresa sabiamente el refrán. La dilapidación de los recursos económicos de una sociedad suele ir aparejada a la descalificación de todo lo que suene a privado, desde las creencias a las actitudes, desde las iniciativas a las obras derivadas del intelecto. La regulación no pretende actuar como un árbitro imparcial sino como el juez ad hoc que dirime los conflictos siempre a favor de uno de los litigantes.
La historia brinda lecciones continuamente a todos. La tentación de recrear, falsear, esconder, anular y suprimir la historia es materia que compete a quienes deben a la humanidad no sólo perdón por sus actos, reiterados, sucesivamente impregnados de las pruebas en su contra. Pero si el campo está abonado para que la mentira brote y cunda, la responsabilidad se extiende, por acción u omisión, a los que cierran los ojos, a los que hacen oídos sordos, a los que se ponen de perfil, a todos aquellos que niega la evidencia y a esos que dan por bueno lo que venga con tal de que o bien no les afecte o bien les beneficie en detrimento del resto, a expensas de los demás. Donde fue implantado el estatismo, de golpe o progresivamente, como quien no quiere la cosa, con añagazas, los resultados han sido terribles y duraderos. Lo que no quita para que no sólo desde una minoría con ínfulas dominadoras, se aliente la reinstauración donde sea posible.
La libertad es enormemente exigente y también gravosa. El compromiso con la libertad ofrece mucho a cambio, igualmente, de mucho. La libertad, además, no se ofrece a la persona, o al mundo, como una serie de compartimentos estancos en los que no importa si uno o varios carecen de las condiciones que determinan la libertad para que el concepto permanezca inalterado y eficiente.
La libertad es un conjunto indivisible que abarca las esferas pública y privada. Por ejemplo, si queda abolida la libertad de elección en materia educativa, en los demás aspectos la libertad ha sido alterada sustancialmente; o si queda abolida la libertad económica, mediante una política socialista, que es intervensionista, estatista, la libertad en lo concerniente al resto de aspectos será alterada e incluso anulada.
Es completamente falaz establecer un discurso que divida las actividades humanas en libres o condicionadas, alternativamente, según el sistema político imperante; aquello de, el Estado —desde los hilos ideológicos que lo mueven— controla aspectos de la sociedad para que los individuos puedan ser libres en las parcelas concedidas. Todos los actos afectan a las diferentes esferas de una u otra manera, interfiriendo en el libre albedrío, en la independencia de las decisiones y en las opciones de elección. No es posible el todo sin las partes.
La libertad en su conjunto posibilita la elección en todos los asuntos, sean morales, económicos, sociales, espirituales o intelectuales.
Cuando existe un control exclusivo, no una regulación pactada a modo de arbitraje, en cualquiera de los ámbitos citados anteriormente, a la vez se consigue el control sobre la conducta, es decir, sobre la vida, de cada uno de los individuos. Control sobre la oferta, sobre las apetencias, sobre las necesidades, sobre las aspiraciones, sobre la comunicación, la enseñanza, el enfoque y el pensamiento. Lo que significa que el grupo dirigente a cargo del gobierno de una sociedad, tiene la decisión respecto a las ideas, enseñanzas, doctrinas y noticias que pueden llegar al público. Ese poder absoluto, aunque velado o disimulado con sofismas, prebendas y pagos concertados en respuesta de una actividad coincidente, monopoliza los medios de comunicación y en un paso inmediato la voluntad de los individuos.
Paradójicamente, tal es el grado de alineación en los regímenes totalitarios, cuyo ejemplo mayúsculo es el sistema socialista, el socialismo real, lo que hace que la masa social sea incapaz de reaccionar o siquiera advertir las características de la tiranía, de la abolición de la voluntad, del pensamiento libre, de la libertad, es la ilusión de que el sistema a través del clase gobernante actuará en la forma que ellos mismos consideran deseable. La masa asume los planteamientos y los objetivos inculcados hasta el punto de que toda opinión, manifestación o propuesta contraria legitima a la autoridad para eliminarla por el medio que haga falta.
Las diferentes concepciones socialistas —en mayor o menor grado, con mayor o menor permisividad a la iniciativa privada, según la radicalidad de sus planteamientos y la influencia religiosa que en ellas cunda— pretenden sustituir la economía de mercado y la supremacía del consumidor individual por el efectivo e indelegable control de las actividades productivas por parte del Estado, en aquellos lugares donde no les ha sido posible implantarse o fueron rechazadas.
Ninguna persona es libre para elegir entre lo que considera correcto o equivocado si no se da la independencia frente a un poder político omnímodo, controlador de todos los ámbitos y de todas las facetas sociales. Tampoco es libre una sociedad cuyo gobierno aplique la exclusión de la vida pública de todo aquel, individualmente o agrupado, que disienta del totalitarismo. El sistema de partido único (principio político de la norma socialista), al que tienden encubiertamente o sin ambages las ideologías totalitarias, implica la exclusión de cualquier credo o cualquier moral que difiera de la establecida.
Para imponer esta unicidad de pensamiento y de acción política totalitaria, es imprescindible hacerse con el control de los medios de comunicación, que pasan a convertirse en portavocías propagandísticas y en agentes de difamación, señalamiento y conducta para el conjunto de la sociedad sometida.
La libertad de conciencia repudia el totalitarismo.
La libertad, que ya se ha dicho es tremendamente exigente y gravosa, permite obras hacia el bien o hacia el mal; permite manifestarse de cuantas maneras se quiera con sus ventajas e inconvenientes, con sus pros y sus contras. No hay perfección en este mundo, ni probablemente convenga que la haya. La libertad no aporta la perfección pero hace persona a la persona y desde ella sociedad a la sociedad. No se debe atribuir valor moral a una acción, la que sea, si se realiza bajo la presión de un gobierno omnipotente; esa acción no es libre ni capaz de expresar más sentido que el de una inercia tantas veces primaria. Del libre albedrío a la alineación sólo media un trecho corto; lamentablemente son demasiados los casos de sociedades que han sucumbido por indolencia, por desnaturalización, por conformismo, por acomodo indigno, al poder de un grupo —al que no hay que negarle audacia— que persigue únicamente satisfacer sus objetivos a base de imponer y someter.
Ricardo Acevedo
¬ 30/04/2010