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La interpretación de las metáforas (1)
La metáfora se da por semejanza o analogía entre los significados; el significado es lo que se quiere comunicar. Con el uso retórico de la metáfora se traslada el sentido recto de las voces a otro figurado, en virtud de una comparación tácita.
Con el empleo de la metáfora se produce una identificación entre dos conceptos, el aludido y el figurado, en virtud de alguna semejanza. Por ejemplo:
—La gitana se acerca tocando su luna de pergamino. Luna, es el concepto figurado; pandero, es el concepto aludido.
—Una perla de la oratoria judicial. Perla, es el concepto figurado; frase o razonamiento excepcionalmente bueno o malo, es el concepto aludido.
La metáfora amplía las acepciones de una palabra por lo que es un recurso literario frecuente; lo que no obsta para que en el habla convencional también tenga su espacio de aplicación desde estas cuatro variantes:
—Por utilización de partes del cuerpo humano o animal aplicadas a objetos.
—Por la aplicación de características animales al ser humano.
—Por traslado de la percepción de un objeto por un sentido a otro.
—Por aplicación de actividades materiales a realidades espirituales.
Al hablar o al escribir muchas veces se producen metáforas espontáneamente, a partir de asociaciones de ideas e incluso de errores conceptuales; algunas originales, algunas brillantes y otras harto reiteradas. Es tarea del receptor de la oración dicha o redactada su interpretación, aunque ese oyente o lector no sea el primer humano en escucharla o leerla; lo que a efectos de estricta interpretación sería el caso deseable. A estos lectores y oyentes de metáforas se les supone capacidad para distinguir el significado literal de la metáfora; el destinatario debe reconocer la figura retórica, pues en caso contrario resulta un caso de anomalía semántica, una contradicción en los términos o una violación de la norma pragmática de la cualidad y por tanto una aserción falsa.
La propuesta semiótica es la de acercarse a la metáfora, o a un enunciado metafórico, a partir del principio de que existe un lugar primigenio del lenguaje, el punto de inicio donde todo está por crear, podría decirse, respecto del cual hasta la catacresis más socorrida es anómala. (La catacresis consiste en dar a una palabra sentido traslaticio para designar algo que carece de nombre especial, y el tropo es el empleo de las palabras en sentido distinto del que les es propio).
Una frase que se escucha o un texto que se lee aparece perfectamente gramatical y semánticamente bien formado a oídos y ojos porque, pese a la suposición, no constituye metáfora sino alegoría; figura ésta que consiste en hacer patentes en el discurso, por medio de varias metáforas consecutivas, un sentido recto y otro figurado, ambos completos, a fin de dar a entender una cosa expresando otra. Es típico de la alegoría que soporte una lectura lineal, incluso aunque la clave interpretativa se haya olvidado o perdido.
En el momento en que la alegoría se reconoce como tal, son las imágenes que describe y no los signos verbales evocados por esas imágenes, las que adquieren un valor metafórico.
La alegoría implica la correlación entre una serie de imágenes relacionadas entre sí y una serie de conceptos también interrelacionados. Por ejemplo, este poema de Jorge Manrique:
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar a la mar
que es el morir.
Allí van los señoríos
derechos a se acabar
e consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos,
allegados son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.
Sea cual fuere la dimensión y caudal de los ríos llegados a la desembocadura se confunden; lo mismo que a las personas iguala la muerte.
La metáfora no instituye una relación de similitud entre los referentes, sino de identidad sémica entre los contenidos de las expresiones. (El referente es el ser un objeto de la realidad extralingüística a los que remite el signo; el signo es la unidad mínima de la oración constituida por un significante y un significado; el sema es la unidad mínima de significado lexical o gramatical).
La metáfora ha de ser interpretada ya que si la sustitución metafórica concerniera a una relación cualquiera entre objetos del mundo sería imposible comprender el sentido en su aplicación. La cultura ha de interpretar las equivalencias para que la metáfora actúe sobre la similitud; una similitud entre propiedades de dos sememas, no una similitud empírica; una similitud que no descubre la metáfora sino que la crea. (Semema es el conjunto de todos los semas evocados por un signo lingüístico en un contexto determinado y, también, el conjunto de semas de un morfema en una lengua determinada; morfema es la unidad mínima significativa del análisis gramatical y, también, la unidad mínima analizable que posee sólo significado gramatical).
Tampoco es misión de la metáfora la sustitución de referentes ni expresiones; como figura del contenido es opuesta a las figuras de la expresión. No sustituye expresiones porque a menudo coloca dos expresiones en la manifestación lineal del texto.
La interacción metafórica se realiza entre dos contenidos. Este principio viene demostrado a través de la catacresis, que es la forma más elemental de sustitución metafórica y puede que la más empleada y la más entendible. La catacresis convierte una función sígnica (expresión + contenido) en una expresión para denominar otro contenido para el que la lengua no ha suplido una expresión correspondiente.
Ejemplos de catacresis: La pata de la mesa, la hoja de la espada, una hoja de papel.
Los análisis más desarrollados sobre el mecanismo metafórico pueden ser aquellos capaces de describir el contenido en términos de componentes semánticos. La metáfora se vuelve posible por una transferencia de propiedad o por una transferencia de categoría. Sin embargo, si la representación semántica adoptara como única forma la de diccionario, tan solo registraría propiedades analíticas excluyendo las sintéticas (que son las propiedades que entrañan un conocimiento del mundo), según el catedrático de semiótica Humberto Eco.
Un diccionario registra relaciones entre hipónimos (palabra cuyo significado está incluido en el de otra) e hiperónimos (palabra cuyo significado incluye al de otra u otras), o relaciones de género a especie que permiten inferir relaciones de vínculo.
El lingüista Jerrold Katz sostiene que la interpretación retórica trabaja únicamente sobre la representación de la estructura de superficie y sobre su representación fonética. La representación del significado, estructurada como en el diccionario, sólo debe dar cuenta de fenómenos como la anomalía semántica, la sinonimia y otros. En su teoría del significado, usar el hiperónimo por el hipónimo no incide sobre el significado profundo del enunciado.
Distinto es el caso de la metáfora que Aristóteles, en su Poética, llamaba de tercer tipo, donde aparece una transferencia de especie a especie —o de hipónimo a hipónimo— a través de la mediación del género —o del hiperónimo.
También la metáfora partiendo de la semejanza descubre la contradicción entre las propiedades que publica un texto; entonces es cuando la metáfora permite una serie de inferencias que amplían su sentido; inferencias que requieren para ser previstas o permitidas una enciclopedia más que un diccionario; un conocimiento enciclopédico más que una sistematización alfabética de significados.
Para obtener un resultado interpretativo es necesario activar, discriminando, algunas propiedades, ignorando las restantes. Dado el contexto, analiza el filósofo del lenguaje Max Black, el intérprete elige algunos rasgos pertinentes y seleccionado, enfatizado, suprimido y organizado aspectos del asunto principal, infiriendo observaciones sobre el mismo que normalmente se aplican al asunto subsidiario.
Cuando se dice que toda expresión metafórica se identifica como tal porque tomada al pie de la letra suena falsa o absurda, esta falsedad y este absurdo se ponen en relación con un saber aceptado que está recogido en los textos pedagógicos. Después de una reacción interpretativa se decide que la lectura del enunciado debe ser metafórica.
El lingüista Samuel R. Levin propone que para que la metáfora recupere el tratamiento referencial, el vehículo metafórico debe entenderse literalmente pero proyectando su contenido sobre un mundo posible que representa su tenor.
Sea cual fuere la interpretación que se le dé, es un hecho que una expresión metafórica nunca adopta la forma de un contra fáctico ni impone un pacto de ficciones por el que se presume que quien habla no tiene intención de decir la verdad.
Algunas metáforas ponen al lector o al oyente en situación de apreciar aspectos de la realidad que la misma producción de metáforas ayuda a construir. Concluye Max Black diciendo que no hay que sorprenderse si se piensa que, indudablemente, el mundo es el mundo bajo determinada descripción y un mundo visto desde determinada perspectiva. Algunas metáforas pueden crear esa perspectiva.
Erika G. Velarde y Miguel del Prado
¬ 06/05/2010