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Meteoros y meteoritos (II): Enjambres meteóricos, incidencia geológica y colisiones

 

 

Los enjambres de meteoros

El número de meteoros que un observador puede apreciar a simple vista varía en función de la época del año y de la calidad del cielo. Un observador experimentado puede apreciar, en un cielo completamente oscuro, de 2 a 10 en una hora, distribuidos de manera más o menos uniforme sobre el cielo y con direcciones caprichosas.

Tabla con los principales enjambres de meteoros

    Se trata de los meteoros esporádicos, que se distribuyen de forma bastante homogénea a lo largo de toda la órbita terrestre. Sin embargo, en ciertas épocas del año el número de meteoros visibles aumenta notablemente y, además, los rastros que dejan tras de sí parecen proceder de ciertas regiones concretas llamadas radiantes.

    En estas épocas la Tierra atraviesa unas zonas del firmamento muy ricas en meteoroides, dado que se cruza con la órbita de auténticos enjambres de partículas que giran alrededor del Sol, atrayéndolas hacia sí.

    Son famosos los enjambres meteóricos de las Perseidas, hacia el 12 de agosto, y los de las Gemínidas, hacia el 14 de diciembre, días en las que un observador aficionado puede contar varias decenas de meteoros por hora.

    Las estrellas fugaces se distribuyen de manera bastante uniforme por todo el cielo y es imposible predecir en qué momento y desde dónde será posible observar un bólido.

Tabla con las principales lluvias de meteoros

    Cuando en una noche oscura asistimos a una lluvia de meteoros, significa que la Tierra, en su movimiento orbital alrededor del Sol, ha hallado gran cantidad de pequeñas partículas que constituyen los restos dispersos en el espacio de viejos cometas.

Encuentro de la órbita terrestre con las trayectorias cometarias

    En su viaje alrededor del Sol, la Tierra se cruza en la trayectoria de estas órbitas cometarias y atrae hacia sí el polvo que los cometas despiden a su paso por el perihelio, que a la postre es el causante de los enjambres meteóricos.

 

Apunte sobre la geología lunar

La ausencia de atmósfera en la Luna es la diferencia esencial con respecto a la Tierra; y la consecuencia de ello son las grandes variaciones de temperatura entre el hemisferio lunar diurno y el nocturno: se una mínima de -170 a una máxima de 100 ºC.

    En ausencia de atmósfera, la superficie lunar no sufre las remodelaciones ni las transformaciones operadas por los agentes erosivos sino que tiende a mantenerse invariable durante un tiempo mucho más prolongado que el de conservación de los paisajes terrestres. Por otra parte, en la Luna la erosión no borra las huellas de las colisiones, antiguas o recientes, con objetos procedentes del espacio interplanetario, hasta el punto de que la estructura dominante en la geología lunar es el cráter de impacto.

    Al no existir atmósfera es imposible impedir que a consecuencia de la fricción atmosférica, los objetos menores y más frágiles se desintegren.

 

Hace entre 4.400 y 4.000 millones de años, la corteza lunar se sembró de cráteres que unos a otros se fueron superponiendo y borrando. La corteza lunar está compuesta por aglomerados de detritus rocosos y fragmentos de origen y composición heterogéneos; y, en líneas generales, el suelo (un estrato de entre 1 y 20 metros de profundidad que recibe el nombre de regolita) está recubierto por una capa de polvo y pequeños fragmentos cimentados entre sí.

    El origen de la regolita no tiene que ver con el viento ni con la erosión sino con el continuo bombardeo de meteoritos, comprendidos por sus dimensiones entre microscópicos granos de polvo y auténticos asteroides.

    Al chocar contra la superficie a enorme velocidad, estos proyectiles provocan explosiones, forman cráteres y dispersan fragmentos a mucha distancia. Este proceso de variación del suelo, lento pero continuado, lo denominan ‘jardinería' los planetólogos.

    De ahí que en cualquier punto del suelo lunar sea posible encontrar material procedente de regiones muy distantes. Además, el estrato superficial conserva las huellas directas del viento solar de partículas y radiaciones, así como los rayos cósmicos que en la Tierra son interceptados por las capas altas de la atmósfera.

 

Impactos meteóricos en la Antártida

Los hielos de la Antártida se han revelado obsequiosos con los buscadores de meteoritos a partir de los años setenta del siglo XX. Los meteoritos caídos sobre la banquisa durante decenas de miles de años han sido arrastrados por el lento movimiento de los glaciares y han acabado por acumularse en zonas.

    De los miles de fragmentos meteóricos descubiertos, el descubrimiento más fascinante e inesperado es que, probablemente, algunos tipos raros de meteoritos basálticos no proceden del sistema asteroidal ni de otros pequeños cuerpos del Sistema Solar sino del planeta Marte.

    La mayor parte de los meteoritos petrosos clasificados como acondritas basálticas tienen un origen de tipo volcánico que se pierde en los albores de la historia del Sistema Solar. Se les calcula una edad de 4.500 millones de años. Una pequeña subclase de estos meteoritos indicada con las siglas SNC, de las iniciales de los nombres: shergottitas, anclitas y chassignitas, que derivan de las localidades donde se hallaron los primeros ejemplares tiene una edad de cristalización de apenas 1.300 millones de años. Así pues, las rocas de las que derivan estos meteoritos deben haber sido expulsadas por un volcán en tiempos relativamente recientes; un volcán marciano.

    Las shergottitas tienen otra peculiaridad: en su interior se aprecian inclusiones negras, derivadas de la repentina fusión y solidificación de algunos de los minerales presentes, cuya edad no supera los 180 millones de años. Puesto que estas transformaciones sólo son posibles a presiones elevadas, como generadas por un impacto a alta velocidad, cabe pensar que las shergottitas, generadas por una erupción volcánica hace 1.300 millones de años, fueron expulsadas del cuerpo-madre hace sólo 180 millones de años por efecto de un impacto violento.

    La shergottita de nombre EETA 79001, hallada a finales de 1979, con casi 8 Kg de peso y alrededor de 20 cm de diámetro, es la muestra que aproxima la suposición del origen marciano con la certeza.

Shergottita EETA 79001, antes de ser seccionada.

Shergottita EETA 79001, antes de ser seccionada.

 

Y si hay meteoritos procedentes de Marte, también los hay venidos de la Luna. En 1981, nuevamente en la Antártida, se descubrió el primer meteorito de procedencia lunar. Es una roca de 32 gramos, denominada ALHA 81005, cuya estructura interna es la típica de las muestras lunares recogidas por los astronautas de las misiones Apolo. Es sumamente rica en anortosita, mineral muy común en las altiplanicies lunares, pero bastante raro en la Tierra y en los meteoritos en general. Además, las relaciones de abundancia entre los diversos elementos y entre los diferentes isótopos del oxígeno evidencian que se trata de un fragmento de la corteza lunar. Posteriormente han aparecido nuevos meteoritos lunares en la Antártida.

Meteorito de origen lunar ALHA 81005

Meteorito de origen lunar ALHA 81005.

 

Meteor Crater y Tunguska

En el desierto del norte de Arizona hay un cráter gigantesco, de 1.200 metros de diámetro y 250 de profundidad, rodeado de gran número de fragmentos meteóricos de composición metálica. Se debe al impacto de un asteroide de aproximadamente 50 metros de diámetro, cuya explosión liberó una energía de decenas de megatones.

Meteor Crater, en Arizona.

Meteor Crater

 

    A las 7h 30' del 30 de junio de 1908, en Tunguska, una extensión boscosa típica de la taiga siberiana, bordeando el círculo polar ártico, apareció una columna de fuego y de humo hacia Oriente. Un meteoro de brillo cegador surcaba el cielo hasta que a 6 kilómetros del suelo terrestre explotó. El bosque quedó calcinado en miles de kilómetros cuadrados. Al cabo de veinte años se exploró la zona y las investigaciones concluyen que la causa de la catástrofe fue la colisión contra los estratos densos de la atmósfera de un fragmento de asteroide o de cometa de un centenar de metros de diámetro, pero compuesto de materiales frágiles que no resistieron la violenta desaceleración y el recalentamiento.

 

La frecuencia y la dinámica de estos acontecimientos han sido determinadas, en primer lugar, estudiando detalladamente la superficie de otros cuerpos del Sistema Solar que han conservado mejor sus huellas, caso de la Luna.

    Hallazgos geológicos y paleontológicos a partir de 1980 revelan que los mayores de estos impactos causaron, probablemente, desastres ecológicos y climáticos a nivel planetario; como la colisión que hace 65 millones de años provocó la extinción de los dinosaurios allanando el camino a la sucesiva expansión de los mamíferos como forma dominante entre los vertebrados terrestres.

    Gran parte de los cuerpos celestes que podrían causar nuevas catástrofes todavía no han sido descubiertos. El centenar de pequeños asteroides que cruzan la órbita de la Tierra son apenas indicios de lo que puede ser. Se calcula que quedan por descubrir al menos un millar de objetos de dimensiones superiores a 1Km.

    También hay que considerar que la frecuencia de las colisiones crece rápidamente a medida que disminuyen las dimensiones del objeto implicado: el intervalo medio entre dos impactos se sitúa en torno a los 100 millones de años para proyectiles de 10 Km, hacia los 300.000 años para objetos de 1 Km y en unos pocos siglos para los cuerpos del tipo de los que causaron la catástrofe de Tunguska y el Meteor Crater.

Raúl Alonso y Susana L. Rivera

¬ 14/06/2010