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Roma (II): El retrato esculpido
El retrato individual es una de las características sobresalientes del arte romano. Los artistas de la mayoría de los retratos conservados eran griegos, que trabajaron bajo el patrocinio de romanos acaudalados y respondían a los gustos de sus clientes.


La característica distintiva de este tipo de retratos es el realismo, incluso acentuando las facciones poco agraciadas o desagradables del modelo. Cabe pensar que la causa de esta traslación sincera de la imagen sea el concepto que los romanos tenían de sí mismos como individuos y como pueblo: fuerte, honrado y nada fantasioso.

A finales de la República y principios del Imperio, el retrato realista fue adoptado por toda la sociedad sin distinción de clases. El retrato público, sin embargo, experimentó un cambio durante los mandatos de Augusto y los Julio-Claudios, que favorecieron un estilo clasicista idealizado. Hasta que reapareció el verismo bajo los Flavios, y nuevamente en el siglo III con Caracalla, quien rechazó el advenimiento del clasicismo protagonista en la obra con el emperador Adriano, introduciendo un realismo todavía más estricto.
Los retratos imperiales del periodo de la crisis del siglo III transmitían la energía, fuerza y vitalidad de los soldados que gobernaban el imperio. Mientras que con Diocleciano y sus sucesores, los retratos imperiales adoptaron una calidad fija y abstracta que expresaba la majestad de los emperadores separados de sus súbditos por un elaborado ritual cortesano.

A finales del Imperio, en los retratos no hubo ningún intento de copiar las facciones reales de las personas vivas.
Juan Mateo Moliner y Blanca Llanos
¬ 14/11/2011