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Roma (y V): La dignidad

 

 

Funcionarios, militares y gobernantes no se sentían miembros de determinadas corporaciones comprometidas en la defensa de su reputación por espíritu de cuerpo sino de una elite no especializada, porque era superior en todo. Lo que establece un escalafón entre los individuos que la componen: son los cargos públicos con que se hallan revestidos, lo mismo en el aparato del Estado que, por lo que se refiere a los notables,  en una de las varias ciudades que formaban el tejido del Imperio.

    Un individuo con un puesto público se decía: "Al servir al emperador o a mi ciudad, con este puesto anual, puedo acrecentar mi dignidad y la de mi casa y, con el tiempo, crear una genealogía con atuendo oficial." La dignidad era el motivo supremo.

    No consistía en una virtud de respetabilidad sino de un ideal aristocrático de gloria. Cada noble se apasiona por la dignidad que posee, como el Cid por su punto de honra. La dignidad se adquiere, se aumenta y es susceptible de pérdida. Cicerón se desespera durante su destierro ya que le ha abandonado su dignidad, es un don nadie; pero en cuanto es llamado de nuevo su dignidad vuelve a investirlo.

    Como semejante dignidad pública era, en realidad, una propiedad privada, se admitía que quien hubiese accedido a una función pública la tuviera a gala y defendiera su bien con tanta legitimidad como un rey su corona: contaba con una excusa de absolución. Nadie pensó en reprochar a Julio César que cruzara el Rubicón, marchara contra su patria y la abocara a una guerra civil; el Senado había pretendido cercenar su dignidad a pesar de que César había comunicado que anteponía su dignidad a todo, incluso a la vida. Tampoco cabe echar en cara al Cid que, por salvaguardar su honra, hubiera matado en duelo al mejor soldado de su rey.

    La pertenencia a la clase gobernante se reconocía mediante ciertos caracteres exteriores. La distinción en el porte no era lo principal en aquella sociedad poco mundana, menos esteta que la de Grecia; los romanos propendían a desconfiar de la elegancia y no le atribuían sentido social. La gravedad de maneras y lenguaje mostraba mejor al hombre de autoridad; y todo noble debe ser identificable por su buena educación, que culmina en la cultura literaria y el conocimiento de la Mitología. Se prefería nombrar para senadores y hasta para jefes de despacho a personas conocidas por su cultura con el pretexto de que sabían redactar los textos oficiales en bella prosa. Las escuelas de retórica acabaron siendo viveros de administradores ya que la cultura realzaba a sus propios ojos al conjunto de la clase gobernante.

    Los primeros griegos que, una vez naturalizados, accedieron al Senado, fueron aristócratas de cultura reconocida. No obstante, los efectos producidos sobre los administrados, el pueblo llano, fueron más dudosos; y las consecuencias para la marcha de los asuntos públicos resultaron catastróficas. A partir del siglo I, los edictos imperiales se redactaron en un estilo ininteligible y en una lengua tan arcaica que sólo eran comprendidos a duras penas y, por tanto, con igual dificultad aplicarlos. Aquellos redactores de elevada cultura rehuían los términos técnicos en cualquiera de los casos expuestos a público conocimiento.

Juan Mateo Moliner y Blanca Llanos

¬ 26/12/2011