Esunmomento.es - Espacio de Miguel Ángel Olmedo Fornas,...

esunmomento.es

Estás en... Expresión > Narrativa

Desaparecidos y apariciones

 

Contado sin apasionamiento (IX)

 

Elena Gilberte delegaba en la documentación que me había aportado, nada comprometedora para ella según el código ético de ambos, la trascendencia de las desapariciones. Yo quería saber más al respecto de esa patología sin desempeñar ningún papel investigador, que no era de mi incumbencia, y alejándome de considerar quién era quien en cada caso y por qué se le daba relevancia en los medios a unos por encima de otros.

    Como cualquier persona veía y leía lo que se contaba despertándome curiosidad. El ponerme en la piel del desaparecido voluntario era cuestión de imaginación, que nunca me ha faltado; en la del obligado a desaparecer me competía como aficionado a las deducciones; y, por último, meterme en el abismo de desesperación que engulle a familiares y allegados pertenecía al ámbito de los sentimientos, de los que tampoco carezco.

    Plenamente dedicado al estudio de aquellos papeles con la caligrafía atropellada, los subrayados con intención posterior de repaso, también las muchas frases entrecomilladas que envolvían el frío relato de los hechos, la sistemática toma de notas con propósito de estudio o recopilación, con un manto de sencilla humanidad o de miserable encubrimiento de un comportamiento atroz en los testigos, volaron las horas y se desbordaron mis ideas. Repasé las emocionadas descripciones avaladas por una esperanza férrea, no obstante alterada con el transcurso de un tiempo indefinido plagado de supuestos, cuántas veces contradictorios, y parco intercambio de noticias; Hasta que cierto día el desenlace adquiere tintes de distinto color. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde? ¿Quién...? Preguntas en ocasiones sin respuesta satisfactoria. Vivo o muerto. Nadie puede ponerse en el oprimente lugar de la víctima, la víctima desaparecida ni la víctima que aguarda atenazada por la angustia. Ni en la ficción. Es una pesadilla. Una pesadilla a ojos abiertos y cerrados. Una pesadilla que proyecta sobre el mundo inmediato el terror al vacío y la mordedura desgarradora de la impotencia. Son demoledores los pesos de la impotencia y del vacío; con la desaparición camina inexorable un sibilante presagio.

    Me encontró el espejo del cuarto de baño en el silencio quebradizo de la madrugada: en mi cara permanecían las ojeras de Elena, su fatiga domeñada a fuerza de costumbre e imposición profesional, el carácter resuelto, las facciones tensas y un esbozo simpático, con chispa, en la sugerente mirada de párpados caídos. Pero no era ella sino yo; su imagen reflejada, una figura de medio cuerpo analizada a sí misma eludiendo la exigencia era la mía. Frente a frente con una secuencia vertiginosa de imágenes y caracterizaciones, rasgos peculiares, fisonomías determinadas, cuerpos observados desde diferentes planos, una minuciosa captura del detalle, de la huella, del indicio, el rastro, la pista. ¿Qué hacía en el momento de la desaparición? ¿Con quién estaba un  poco antes? ¿Dónde empezar y dónde acabar el hilo conductor? ¿Quiénes componen las piezas de la primera investigación? Pesquisas, notas, impulsos, evidencias, intuiciones y deducciones. "Esto no es una película, Rein; ha sucedido de verdad, está sucediendo ahora mismo". La angustia requiere de una sonorización acorde, fidedigna. "Lo sé, Rein; siéntate y escucha". Gonzalo Duarte sabe lo que se hace, capta al vuelo, se aísla en su mundo de improvisaciones y acomete la tarea desde la dimensión donde moran las musas. "Yo las visito a menudo, Rein; no espero que acudan a mi desesperada llamada". La detective Elisa Gilberte distingue entre desaparecidos, fugados o huidos; exige a sus clientes que le cuenten todo lo que sepan y que sea verdad, no el producto de la especulación. Que sea la verdad de lo percibido por los sentidos, sin interpretaciones de parte. La Policía agradece todas las ayudas que lo son. La Policía interroga. Elisa Gilberte se pregunta...

    Su vida transcurre más rápida que la mía; la suya es una vida incorporada a otras vidas.

    Oye, Rein: esa es tu vida, ¿no? Una vida con muchas vidas.

    Gonzalo "virtuoso" Duarte compone, interpreta y escribe a impulsos de genio, imbuido de su natural condición para las tareas que afronta.

    "Así suena la angustia". Así suena el infinito vacío de la espera. 

    "Alonso, escucha: hemos de alcanzar la cima".

    El riesgo tiene su vibrante melodía.

    "Me gusta el riesgo, Rein".

    "Corremos riesgos".

    "¿Qué clase de riesgos?".

    "Esa pregunta no es mía, ni mía, ni mía, ni mía..."

    Muchas caras sucesivas, muchos cuerpos sucedáneos. El espejo muestra lo que ve, sólo lo que hay y nada más que lo que aparece.

    "Nada, no ves nada".

    "¿No veo nada?".

    Algo se perfilaba frente a mí en ida y vuelta, pero no adivinaba si era yo o una cualquiera de las muchas caras y de los muchos cuerpos elegidos al azar por un juez impenetrable apostado en la cima del mundo.

    "Vamos, Rein; haz un esfuerzo".

    "Dime, Rein: ¿qué ha sido de ella?".

    ¿Por qué de repente descubría en el espejo los rasgos de Isabel Loja Ramírez? La Isabel de Gonzalo que también se presentaba en el espejo actuando en... No conocía el lugar, o si había estado, si quizá había asistido a una de esas sesiones con el público entregado al intérprete, a la música en vivo, con el público rendido al arte sonoro de músicos con el alma vestida de música.

    "Gonzalo, oye, ¿qué sabes de Isabel?"

    No era ella, suspiré; no era nadie. Música sonando tenue al otro lado de la pared.

    "Despierta, estás soñando; nada es real".

    Desperté con una sacudida y la sensación de estar acompañado al otro lado de la pared. Cauto, tanteando el suelo afectado por una repentina fragilidad, recorrí la casa encendiendo luces, pronunciando frases cortas. No era miedo, un miedo describible al menos; pero no me abandonaba la impresión de tener compañía, una compañía atenta, discreta, evasiva.  Un minuto más tarde observé la calle desde la perspectiva disimulada del piso superior, y no vi nada que justificara la inquietud por algo previsible.

    "Previsible... ¿Qué he querido decir?"

    Un sueño agitado el mío aquella madrugada sin movimientos fuera pero con presencias dentro, asomadas a la carpeta entreabierta sobre la mesa. El cristal estaba limpio de polvo, me fijé. Luego me introduje en la cama a dejar que otros sueños menos condicionados ocuparan el resto de la madrugada hasta la hora de satisfacer un nuevo compromiso. 

Miguel Ángel Olmedo Fornas

¬ 17/03/2017