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Episodio confuso

 

Contado sin apasionamiento (XII)

 

Era un invitado con todos los pronunciamientos a favor en el ámbito doméstico del buen anfitrión, ese que sobre la marcha organiza los detalles de estilo que caracterizan el gusto propio en el catálogo de acciones cívicas ofrecidas al ocasionalmente agasajado.

    La música acompaña los intervalos de las reuniones. Voy a dejar que siga sonando, si a usted no le molesta.

    Faltaría más convino Gonzalo.

    El anfitrión resumía el argumento de la Zarzuela apelando a su simplicidad emotiva, tan directa y reconocible en la cotidianidad de cualquiera que verse identificado es cosa hecha desde el principio.

    La ornamentación es mínima, nunca más allá de lo imprescindible en los cuadros y en las escenas; lo demás es meollo, esencia, todo lo demás es vida reflejada en las vidas que asisten al espectáculo del mundo.

    La fibra musical de Gonzalo vibró.

    Tiene usted razón. Así mismo lo siento yo.

    Aunque no le esbozó pista alguna sobre su dedicación profesional.

    Me alegra la coincidencia dijo mientras con presteza acudía a controlar la evolución de la cafetera.

    Pero ya en la cocina, y habiendo trasteado con algo de cristal y de metal, el anciano decidió variar el protagonista de la degustación.

    Asomando como llevado en andas por un espíritu inspirador le propuso:

    ¿Hace un vermú de grifo?

    A Gonzalo se le iluminó la mirada.

    Pues sí hace, qué caramba. Me ha vuelto a dar en mis gustos.

    ¿He vuelto a acertar? Vaya, estupendo. Casualidades de la vida.

    El anciano puede que dedujera la anterior coincidencia a partir del aprecio por la música.

    Desapareció hacia la cocina en el momento que el timbre del teléfono le requirió su atención. Habló poco y Gonzalo no prestó oído; no obstante, creyó escuchar un nombre: Elena, y de inmediato, por infundada asociación, le vino a la cabeza la imagen de Elena Gilberte, la detective amiga de Carlos Rein y aspirante a escribir novelas de trama negra. Lo que sí escucho con claridad, tras insinuarse la recepción al inesperado visitante, fue la despedida.

    Luego te llamo. Adiós Elena.

    Entretanto llegaba el vermú de grifo -que confiaba bien presentado y con un cortejo apetitoso-, Gonzalo inspeccionaba los detalles característicos de la habitación, junto a esos otros intrínsecos de un decorado convencional del punto álgido de la época del habitante de la casa.

    Tintineaban los vasos de boca ancha y los platillos de bocado en la bandeja que los portaba.

    Fíjese en el color resaltó el anciano elevando al trasluz el goloso contenido.

    El de la gloria.

    Brindaron por los gustos y los sabores invariables.

    Excelente.

    La última delicia que le bañó el paladar la había tomado con Laura, o quizá era con Marga, la otra mujer, el reverso de quien podía o no ser real, el anverso de Isabel. Laura, alias Marga, el alter ego de Isabel, las dualidades interrelacionadas, qué importaba, todas ellas una película con banda sonora dirigida por una batuta mágica.  

    Isabel, la espuma de mar que embellece a las olas, retornaba intermitente a su memoria; ella era su preferida.

    Tal debía reflejarse la abstracción de Gonzalo, incluso en el sincopado movimiento de acercar y alejar el vaso cada vez menos provisto de bebida, que el anfitrión, sin duda satisfecho por lo atinado del aperitivo, anunció que iba a procurar resolver el encargo de Gonzalo con las averiguaciones telefónicas pertinentes.

    Y Gonzalo, encaramado a la nube, se quedó con sus recuerdos, el ensueño y los últimos sorbos placenteros y el crujido de las cortezas de cerdo y el carnoso tacto de las aceitunas gordales.

    Cuando descendió de la amorosa nube la voz del anciano le comunicó que sus gestiones habían sido infructuosas.

    "¿De qué me está hablando?"

    La mano asida al fresco cristal.

    Nadie sabe quiénes son los sanitarios ni tampoco se conoce qué haya ocurrido una desgracia en la escalera.

    ¿No? Inquirió perplejo.

    Nada de nada. Pero para su tranquilidad se me ocurre que deje aquí, en mi casa, los documentos esos y ya vendrá el que los ha perdido. ¿No le parece?

    Tenía lógica la propuesta.

    No... rechazó Gonzalo. No. Mejor cargo yo con la responsabilidad de buscar al que los ha perdido; es mi deber ciudadano.

    Bueno. Como prefiera.

    Una mentira añadida no enturbiaba más el panorama.

    Me voy. Es tarde. Muchas gracias...

    ¿No le apetece probar el café?

    Olía de maravilla antes de la aparición estelar del vermú de grifo.

    ¿Me emplaza para una nueva ocasión y así no mezclo tan excelentes sabores?

    Ni aromas.

    Esta es su casa.

    Muchas gracias por todo, señor...

    Abelardo Muñoz Pastrana, para servirle.

    Gonzalo Duarte. Igualmente.

    Había pasado el tiempo volando. ¿Cuánto? Al pisar la calle Gonzalo sentía que el presente que hollaba difería del que..., ¿cuándo?, le condujo decisiva y precipitadamente al interior del edificio.

    Dudaba de su realidad.

    Y aún le quedaba otra sorpresa con al que aumentar el difuminado del paisaje.

    Ha soportado mucho.

    Le hablaba una mujer con las facciones trazadas de incógnita.

    ¿Perdón?

    No superó el aislamiento y por su caminó se abocó a la locura.

    Una presencia irreal, quizá emparentada con la hija del anciano.

    Creo que se equivoca...

    Puede que mienta. Puede, sopesa Gonzalo en la medida que su embotamiento le permite racionalizar, que esa persona... de aspecto embozado por el misterio, un hombre quizá heredero del carácter de quien fuera primer marido de la única hija del anciano.

    Especulaciones aventuradas de un testigo atolondrado.

    Yo no me equivoco.

    "Yo sí...", iba a decir Carlos a nadie.

    Nadie alrededor. Y los edificios, a los que lanzaba reojos embebidos de inquietud, tampoco mostraban la fotografía de antes; nada era lo mismo al amparo de los claroscuros.

    ¿Se había dormido o seguía durmiendo?

 

El documento obraba en su poder, por lo que al menos algo del episodio era cierto.

    Gonzalo se lo iba a contar al propietario de El Gatopardo, porque tenía que soltárselo a alguien que confiara en la veracidad su relato y enseguida; luego le tocaba interpretar la música que convencía a los clientes de las bondades del lugar, y después de la actuación el horario aconsejaba demorar las iniciativas exigentes de un criterio sin prejuicio.

    Oye...

    Interrumpió el abordaje novelesco la melodía de su teléfono móvil. Rein al aparato.

    A su lado entrechocaban los cubitos de hielo nadando en las piscinas de alcohol combinado.      

Miguel Ángel Olmedo Fornas

¬ 20/10/2017