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Contado sin apasionamiento (XIII)

 

Nos preguntamos si el proyecto tenía visos de salir adelante. Era una pregunta con la mitad de carga retórica y la otra de prudencia, no fuera que al empezar ya tropezáramos con los obstáculos que suelen aparecer a lo largo del recorrido cuando ya se ha consumido la fase de ilusión y apretones de mano. Solventada de aquella manera la cuestión preliminar, ellos y nosotros, es decir, los promotores y patrocinadores más Gonzalo y yo, pasamos al siguiente interrogante al lanzar sobre la mesa de negociación los asuntos insoslayables del cómo y del cuándo; ellos a la carga por sus intereses y nosotros formulados en la contienda para no ser menos, por los nuestros.

    Por partes. Esta reunión la mantuve ayer, y de mis palabras anteriores no ha de extraerse la conclusión de que la tónica imperante fue la beligerancia en su titularidad sensacionalista. El ambiente que respiraba la reunión era amigable, habitual, útil. A mí me gusta intercambiar impresiones con todos los componentes del equipo, sin importar quién propone, quién decide, quién busca y quién arriesga. Gonzalo no pudo ni quiso acudir, asuntos pendientes e improrrogables, alegó, dejando para el resumen su por mí conocida aversión a pasar horas y horas sentado a una mesa de acuerdos o dando paseos de recluso en la habitación de las conferencias. Le entiendo, a ratos, pero alguien tiene que hacerlo, y le advertí solemnemente me acompañaría la siguiente cita.              

     Cuando no sean preliminares -me pidió con ese desparpajo suyo que le confiere el atractivo de músico místico.

    Ya no habría excusa para él en lo sucesivo (no me lo creo, nadie que nos conozca se lo cree; mi autoridad transita otros derroteros de mayor enjundia).

    Esto sucedió ayer. Hoy, este mediodía, me he entrevistado en los aledaños del juzgado de instrucción con un hombre deshecho; es una calificación atinada.

     Señor López, lo siento... Es lo primero que le digo... Faltan palabras para expresar la condolencia en trance semejante. Y le agradezco lo indecible que me conceda unos minutos. 

     Me dice el abogado que usted puede hacer algo por mí..., por mi hijo.

     Eso creo..., eso pretendo.

    El abogado Matías Hernando es un buen amigo y un notable valedor de las justas reivindicaciones y exigencias de justicia de particulares sacudidos por las conductas criminales de desaprensivos, elementos antisociales (sociópatas en la terminología de reciente factura) y demás escoria que pulula en este mundo para perjuicio de la vida, la libertad y la propiedad. También destina sus conocimientos y esfuerzos profesionales al asesoramiento y a la prevención. Me ha sacado de algún apuro antes de que tuviera efecto, lo que es enormemente meritorio. Digamos que Matías Hernando es un lince en lo tocante a profilaxis y un vocacional del derecho clásico adaptado al tiempo presente, siempre cambiante hacia decisiones controvertidas y poco cordiales con las víctimas. Que todavía los hay, como él ironiza.

     Ya sabes que más vale prevenir que curar.

    Yo había oído en medios policiales que el mejor servicio es aquel que no hay que realizar, lo que viene a ser coincidente en grado de necesidad. Le pedí al amigo Matías que me dejara hablar con su cliente en cuanto supe del caso.

     Te comprendo, Alonso; es correcto lo que me planteas. A ver qué puedo hacer.

     No voy a inmiscuirme.

    El señor López sacaba fuerzas de flaqueza en un contexto desesperado con el café co0n leche echando humo. El señor López no se apellida López; por razones obvias he cambiado el apellido al transcribir las impresiones, que no el relato cronológico y veraz de los hechos.

     Nuestra vida cambió en un momento.

    Esta lacónica frase, tan propia de las víctimas, compendia todos los sentimientos que imaginar se pueda tras recibir la noticia de un suceso fatal. No sé si cuando tiene lugar una tragedia, por supuesto inesperada, es mejor ser testigo presencial o avisado al cabo de un tiempo por la Policía, la Guardia Civil, un médico, un telegrama, una carta, una llamada telefónica o un allegado que asume el dramático compromiso de dar cuenta de lo acaecido quizá a la vuelta de la esquina.

    El hijo del señor López era ajeno a la conducción criminal que puso fin a su vida. De día, con visibilidad plena en el núcleo urbano y sobre la acera, el hijo del señor López se dirigía a una sucursal bancaria a dos manzanas de su lugar de trabajo. Las diez y medía, aproximadamente, de una fatídica mañana que fue la última de sus veinticuatro años, hora en que un vehículo circulando a velocidad improcedente, un bólido recorriendo las calles escasas de tráfico y peatones, pero no vacías ni aptas para una competición homicida, salió a su encuentro. Algunos testigos denunciaron a dos coches de potente cilindrada y cristales tintados persiguiéndose al modo de las películas, uno de los cuales habría desistido unos segundos antes en la loca carrera. Eso indican algunos testigos situados en diferentes puntos de la comprobada trayectoria. En lo que coinciden todos los declarantes, testigos reales del atropello, es en la autoría; la descripción del vehículo fue unánime, posteriormente ratificada, lo que permitió la pronta localización de coche y conductor. El impacto contra la víctima fue brutal, sin mediación de mobiliario urbano o vehículo estacionado u obstáculo de obra pública para amortiguarlo. Un giro imposible de controlar, la subsiguiente invasión del espacio peatonal y el cuerpo de la inadvertida víctima despedido a distancia mortal, la brusquedad de la maniobra evasiva y la fuga; en segundo plano las exclamaciones de angustia de los conmocionados espectadores. Nada pudo hacerse por devolver la vida al hijo del señor López. Es un consuelo, un mínimo consuelo al que aferrarse desesperadamente, pensar que la violencia del atropello supuso una muerte inmediata. Eso afirmaron las asistencias médicas.

    El sinvivir del señor López empezó esa mañana y no acabará nunca. La justicia requiere de pruebas y paciencia, también gasto, también suerte en el transcurso del pleito. El criminal, así definido por el señor López, que segó la vida de su hijo fue detenido tras otro accidente esta vez sin resultado mortal; y no era el segundo en su haber. Los antecedentes por conducción temeraria, eufemismo de corte legal por conducción delictiva o criminal (algunos comunicadores utilizan el término conducción suicida, que además de erróneo es ofensivo para las víctimas), acrecentaban un expediente antijurídico, culpable y punible anticipo de lo que podía suceder, y sucedió. El señor López destinó gran parte de sus energías y sus recursos a mover cielos y tierra para que la justicia actuara en favor de la víctima y sus deudos. Aunque mucho y malo tuvo que ver, pasar y sufrir antes de este día en el juzgado de instrucción; tanto como que el conductor asesino, también lo denomina así, humeara los neumáticos por varias carreteras y zonas urbanas compitiendo o desafiando a las leyes y a la autoridad, de las que nunca tuvo lo que se dice miedo. Un desprecio en toda regla, una burla, un desafío. El señor López, su esposa e hijos vivos, la familia y los allegados, tuvieron que lidiar contra la hostilidad, la indiferencia y el lento proceder de una justicia que nunca es justa si es lenta. Desde aquella mañana de infausto y perenne recuerdo han pasado dos años; y este es el primer peldaño de la escalera judicial, larga y curva.

    Le dije que no pensara en un futuro de apelaciones o sentencias sacudidoras de la memoria y de la dignidad. Le pedí que confiara en su abogado y en sí mismo; lo sucedido era irremediable, la pena y el dolor inmensos, pero había logrado lo que otros, en circunstancias equiparables, no consiguieron o continuaban esperando.

     Es una muerte en vida lamentaba triste y castigado.

    Era consciente que, ante la tragedia, ante el relato de unos hechos que todavía no se asimilan, y que tal vez nunca se asimilarán porque no hay razón suficiente para ello y sí para lo contrario, mi aportación esencial era la de escuchar atenta y respetuosamente; luego, en otro escenario, me implicaría en el desarrollo y la adaptación de la historia. También de otras historias convergentes reflejadas en los sumarios judiciales, en las hemerotecas, y en los archivos de Imapro, un registro completísimo de imágenes y sonidos al servicio de profesionales de la comunicación.

    A media tarde, Gonzalo y yo visualizábamos el material gráfico y audiovisual que Javier Orozco, socio de Imapro, dispuso para nosotros. Un compendio de incivilidad y desprecio a las imprescindibles normas de convivencia, una recopilación que ponía los pelos de punta, rasgaba la fibra sensible y sacudía la conciencia cívica.

     Esta gentuza disfruta provocando dijo Gonzalo.

     Asumen unos riesgos que, en definitiva, perjudican a los demás acompañé yo.

    Hay un componente exhibicionista que consigue una admiración insana destacó Gonzalo . Algunos graban o mandan grabar sus acciones para que sean visualizadas en todo el mundo, refrendando sus "heroicidades" también en diferido.

    En Internet abundan las muestras de infracciones y barbarie que proporcionan a los autores y seguidores un placer morboso. En la red de redes se cuelga todo lo que apetece y recibe multitud de visitas; de hecho, bastante de cuanto material estudiamos provenía de la citada fuente tecnológica.

    Hablamos con Javier Orozco sobre la busca y captura de material audiovisual, y los tres coincidimos en que el factor humano, la intuición y la deducción, pervive y determina el resultado final.

    Hasta luego.

Miguel Ángel Olmedo Fornas

¬ 13/04/2018